Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Motivar, pero ¿cómo?

Carlos-Echeverria

Carlos E. Echeverría Coto
carlosecheverriac@gmail.com
Cuando hace ya muchos años me tocó coordinar la Escuela para Padres del Instituto María Auxiliadora en Tegucigalpa, se puso en discusión el nombre entre el equipo educante dirigente. Al final vino el cambio: “Escuela de Padres”. El cambio no era ni cosmético ni antojadizo, sino fruto del convencimiento de que nadie tenía “Maestría en Paternidad” para decirle a otros lo que tenían que hacer, sino que estábamos dispuestos a aprenderlos unos de los otros y a discutir los temas controversiales, eso sí: a la luz del Evangelio y en el marco de el Método Preventivo de Don Bosco.
Supongo que a ustedes les ha tocado tanto como a mí la tarea de decidir cuál es la mejor forma de educar a los hijos. Ya sabemos que hay que educarlos con amor y en el amor. Es éste el marco general. Pero no hay dos hijos que sean iguales, aunque sean gemelos. Lo que nos resultó bien con el hijo mayor, no necesariamente es la receta para el segundo.
De mucho leer, discutir, experimentar y analizar fracasos y aciertos, se llega a tener algunas ideas generales, siempre útiles para propósitos educativos. Una de ellas es que los hijos responden mejor con motivación, que con reproche. Pero ¡cuidado!, no hay que absolutizar. Cuando hay que llamar la atención hay que hacerlo. Lo que se quiere indicar es la tónica general de la educación. Hasta el mismo San Pablo precavía contra exasperar o desanimar a los hijos. Cada vez que se presente la ocasión, hay que animar hay que elogiar, hay que felicitar.  Pero nunca hay que hacerlo si no hay motivo. Tampoco hay que hacerlo cuando ya se ha vuelto un hábito.
Un niño es celebrado cuando empieza a caminar, y se le anima a seguirlo haciendo cuando se cae, para que reinicie su esfuerzo. Y se le sigue ovacionando frente a los parientes y amigos que no han visto la novedad. Todos entendemos que sería absurdo seguirle aplaudiendo unos seis meses después. Tampoco hay que acostumbrar al niño al elogio fácil. Asistí en cierta escuela a la celebración del día del Padre, donde niños de segundo ciclo bailaron, cantaron y recitaron poesías. Sin perjuicio de la buena voluntad de las maestras y el entusiasmo de los chichos, aquí entre usted y yo, aquello fue un desastre. Y se aplaudía por obligación. Los chicos no estaban listos para actuar. Lo triste era que tenían la capacidad y con más ensayos, mejores micrófonos y una guía adecuada lo hubieran hecho de seguro muy bien.
Educar es formar el carácter. El niño ha de saber cuándo lo que hace está bien y cuando mal.: cuándo mejora y cuándo empeora. Lo importante es acompañarle en su esfuerzo y animarle a que lo intente de nuevo, siempre y cuando esté en las capacidades del niño, para no acabar en frustración y fracaso.Tal hubiera sucedido si en mi infancia alguien se hubiese empeñado en que yo tocase violín, o fuese levantador de pesas. Un padre debe acompañar a su hijo en descubrir sus intereses, sus aptitudes y sus gustos.
Esto vale para la formación religiosa. Pregúntese usted por qué egresados de colegios católicos no asisten a misa. Es posible que confundamos el formar en valores con ser intransigentes y obligar a comportamientos no comprendidos. Pero este es un tema muy amplio: seguiremos dialogando.

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