Opinión Punto de Vista Reflexión

La muerte, para un sacerdote

P. Juan Ángel López Padilla
En nuestra cultura, está muy arraigado, eso de acompañar a los familiares y amigos cuando se enfrentan a la realidad, por demás ineludible, de la pérdida de un ser querido. Y honestamente, es una de las cosas que nos definen como sociedad y que, en particular, no cambiaría por nada.
La frialdad y distancia, con la que en otras culturas se trata el tema de la muerte, es algo que golpea fuertemente mi sentir como hondureño y como sacerdote.
Para el caso, esa costumbre, que poco a poco está introduciéndose entre nosotros de suprimir los novenarios en sufragio del alma de una persona fallecida y convertirlos en eso de un “triduo”, me suena a una tacañería, cuando no se quiere pagar el novenario, y como si eso fuese lo importante; y me choca más aún cuando le dicen a uno que: “mejor un triduo porque así la gente no está recordando tanto la muerte de la persona que murió”. Y entonces, ¿quiere decir que uno sólo debe recordar a sus muertos, cuando está en la Iglesia? Esa lógica, con respeto de los que preferían acomodarse con un triduo, no se sostiene de ninguna manera.
Cuando les escribo estas líneas, dado que el feriado largo de estos días nos obligó a los del Fides a apurarnos con lo de esta semana, es el aniversario de la muerte de uno de los sacerdotes que marcó mi vida, y de alguna manera lo sigo teniendo muy presente cada día que pasa: el Padre Juan Tyack; y como la Providencia Divina no entiende de cosas sencillas, justo hace unas horas ha fallecido otro sacerdote querido que yo he admirado muchísimo en la vida: el Padre Pedro Drouin.
Ambos, viejos sacerdotes, fueron y siguen siendo modelos para mi vida personal. Y admito paladinamente, que ya quisiera llegarles siquiera al tobillo. Ni como sacerdote ni como persona, lo hago.
En mi vida he tenido que llorar la muerte de varios sacerdotes y de alguno, incluso, tuve la gracia de estar a su lado, hasta el último suspiro.
La muerte no es ajena para nadie, y nadie creo, en su sano juicio, se quiere morir porque sí.
Para nosotros sacerdotes, la experiencia del dolor, de la enfermedad y de la muerte, se ve desde el corazón mismo de la Cruz. Pero ni el mismo Señor Jesús buscaba la Cruz con mentalidad masoquista. Las cruces se cargan, se asumen y se viven con la conciencia de que estas, las cruces, son sólo puentes para la vida Eterna. Yo sé que todo esto suena muy apegado al catecismo, pero créanme que lo he visto. Soy testigo de sacerdotes santos, que hasta el último momento, con todo y el dolor de lo que padecían, tenían una mirada límpida y serena. Sabían que habían corrido hasta la meta, habían pedido perdón y habían dado perdón. El premio les aguardaba.
Esto no es potestad de los sacerdotes únicamente, pero en Pedro y en Juan, o en Domingo y Claudio, o en Paco y en Neto, en Juan Pablo y en Alfonso, en Monseñor Santos, en Monseñor. Marcelo o en Monseñor  Juan Luis, en el Padre  Giacomel o en el Padre Nielsen; en todos estoy seguro que las cosas salieron según su corazón sacerdotal.
Yo sé que hoy, todos tendremos presentes a nuestros difuntos, yo también, pero si no es mucho pedirles, no se olviden de los sacerdotes difuntos que les han servido en la vida. También ellos son nuestra familia.

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