21-31 oct Homilia

“Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano” (Lc 18, 9-14)

Homilía del Domingo 27 de Octubre de 2019
“Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano” (Lc 18, 9-14)
“El fariseo, como he dicho, es un cumplidor de la ley, pero entendida como él la entiende es un arma terrible… es la ley de algunos políticos, la ley de algunos jerarcas religiosos, y es la ley del sistema vigente en nuestra sociedad”.

En el Evangelio de hoy, con la parábola del fariseo y el publicano, Jesús nos presenta dos actitudes contrapuestas en la manera de situarse ante Dios y ante los demás. Estas actitudes, están representadas en el fariseo y en el publicano. El fariseo del tiempo de Jesús era un hombre muy religioso, socialmente reconocido y cumplidor de la Ley, el publicano, en cambio, era un cobrador del impuesto de Roma y considerado un pecador público y menospreciado por todos. No sabemos si subieron al Templo a participar en la oración comunitaria que tenía lugar dos veces al día.
El fariseo encarna la actitud de la autosuficiencia: es el hombre satisfecho de sí mismo, autosuficiente y estirado, en el aspecto exterior el mismo texto subraya que “el fariseo erguido oraba”. “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros”. Hace la lista clásica de entonces de los pecados del publicano. Él forma clase aparte “No soy como los demás hombres” enumera los vicios de los otros y desprecia al publicano. Es llamativo que en sus prácticas religiosas (el ayuno y el diezmo) no entra el amor al prójimo… Es llamativo también la repetida utilización de los verbos en primera persona: “Yo no soy como los demás”, “Yo ayuno, pago…” está muy centrado en sí mismo. Es una actitud egocéntrica.
La actitud que representa el fariseo nos impide vernos como somos en verdad y falsea nuestra relación con Dios y con los demás. Desde una actitud de prepotencia y de soberbia, se juzga, se descalifica y se desprecia a los otros. El fariseo ha logrado una máscara que le impide ver a los demás como semejantes a sí mismo, el fariseo representa el modelo autosuficiente en la manera de vivir. Lo encontramos en todas partes y siempre le oímos decir lo mismo: no soy como los demás…
Quizás sea este uno de los defectos más graves de nuestra sociedad. Queremos cambiar las cosas, lograr una sociedad más humana, transformar la historia y hacerla mejor pero no queremos cambiarnos a nosotros mismos; pensamos que podemos cambiar la sociedad, sin cambiarnos a nosotros mismos. Esta actitud del fariseo, ¿No la podemos encontrar también en nosotros? ¿No la vemos también reflejada en determinados comportamientos de la vida social, religiosa y política? El fariseo, como he dicho, es un cumplidor de la ley, pero entendida como él la entiende es un arma terrible… es la ley de algunos políticos, la ley de algunos jerarcas religiosos, y es la ley del sistema vigente en nuestra sociedad. Y por qué no decirlo, puede ser también nuestra propia ley.
En contraste con el personaje del fariseo está el publicano: quien encarna la actitud de la verdad y de la humildad. Su oración es más corta que la del fariseo: “Ten compasión de este pecador…” es decir, comienza con una puesta en verdad de su vida anterior, comienza reconociendo sus pecados: “Ten compasión de este pecador…”
Su confianza está solo en Dios. Se presenta ante Dios, sin esconderse tras ninguna máscara, sin defenderse ni justificarse, se descubre ante Dios tal cual está y se confía a su misericordia. Jesús dice que el publicano “Salió del templo justificado”, es decir, salió transformado ya que se ha situado ante Dios en su justa posición, en verdad y humildad y Dios le ama así.
Dios nos ama a cada uno y a cada una, tal como somos, tal como estamos, con nuestras riquezas y nuestros límites y también con nuestras fragilidades y pecados. A Dios no le asusta nuestra verdad; no solo no le asusta, sino que es a partir de nuestra propia verdad, como podemos entrar en una relación auténtica con Él.
¿Por qué no intentamos hoy una oración sincera y humilde como la del publicano? Podemos decir también en nuestro corazón: Señor, ten compasión de nosotros porque somos como los demás y como ellos dependemos de tu misericordia para renovar nuestra vida y para ponernos en camino. Por eso, ponemos toda nuestra confianza en Ti.
Jesús concluye la parábola con estas palabras: “Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. “Humillarse” quiere decir comenzar desde abajo, desde lo más profundo y real de nosotros mismos, desde nuestra verdad. Solo a partir de nuestra puesta en verdad ante Dios nos es posible construir una vida nueva. Esto es “Ser enaltecido”: llegar a una profunda renovación de nuestra vida personal, llegar a ser plenamente lo que somos, realizar nuestras aspiraciones y anhelos más profundos y ser felices de verdad. El Evangelio es la plenitud de lo humano que hay en cada uno de nosotros y el camino para que cada uno sea él mismo y se realice plenamente. Solo esta radical renovación personal es capaz de garantizar la justicia, la solidaridad y la paz en el mundo.
Ante esta parábola, tal vez, podríamos preguntarnos: ¿Tenemos la humildad suficiente para aceptar la lección del publicano? ¿Caemos en la cuenta de que solo cuando estamos en actitud de humildad y de verdad, podemos presentarnos ante Dios?
Lo verdaderamente importante es descubrir hoy, lo que, en cada uno de nosotros, hay de fariseo y de publicano. Las dos figuras conviven en cada uno de nosotros.
El Evangelio de este domingo con esta simple y profunda parábola, nos invita a descubrimos, a desenmascaramos, a desnudamos y a renovar nuestra vida ante Él. Hoy podríamos dejar brotar en nuestro corazón una oración humilde y decirle: Señor Resucitado, ¡Luz de nuestra vida! el corazón humano, angustiado, a veces, desorientado y vacío, tiene necesidad de tu Luz. Ten compasión de nosotros.

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