Homilia

“Orar siempre sin desanimarse” (Lc. 18, 1-8)

Homilía del Domingo 20 de Octubre de 2019
“Orar siempre sin desanimarse” (Lc. 18, 1-8)
Nosotros necesitamos también invocar a Dios como Jesús, de manera incesante y sin desanimarnos. Sin una profunda relación con Dios, ¿Cómo podremos vivir con alegría la novedad radical del Evangelio

Esta es la invitación de Jesús en el Evangelio de hoy: “Orar siempre sin desanimarse”. Jesús utiliza una parábola, con el propósito de hacer comprender a sus discípulos la necesidad de orar siempre sin desanimarse. Por lo tanto, no se trata de orar algunas veces, cuando me apetece, ya que la oración es la que sostiene nuestra fe en Dios. Si dejamos la oración, la fe se tambalea.
El primer personaje de la parábola de este domingo es un juez injusto: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres” … Ciertamente, el mal juez representa los poderes del mundo, que no creen en Dios ni en la justicia e ignoran a los que “gritan, día y noche.” ¿Qué le importa a este sistema la vida o muerte de los pobres? Vivimos en un mundo que parece dominado por la propaganda de un sistema que quiere silenciar todos los gritos y engañarnos a todos con el circo mediático de las mentiras organizadas. Pues bien, en contra de eso tenemos a la viuda de la parábola del Evangelio de hoy…
El segundo personaje de la parábola es una viuda: “En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: hazme justicia”. La atención de esta parábola no está centrada en el juez injusto, que por supuesto, no es figura de Dios, sino en la fe de aquella viuda que confiaba firmemente en alcanzar la justicia a la que tenía derecho. La viuda de la parábola es un símbolo de lo que es vivir una situación de desamparo, de un momento límite… En la cultura bíblica representa a los más pobres e indefensos, pero también es un modelo de tenacidad y de perseverancia. Por eso, toda la parábola es una invitación a orar siempre, sin desanimarse y a confiar en que somos escuchados, que nuestra oración no es un grito en el desierto. Hay Alguien que nos escucha siempre. Jesús se sirve de esta parábola para invitar a los discípulos a afrontar la difícil situación presente en la confianza (recordar que Jesús está subiendo a Jerusalén, donde se va a encontrar con el conflicto). Si la súplica insistente de la viuda ha logrado que el juez dicte una sentencia justa a su pesar, con cuanta más razón “Dios hará justicia a sus elegidos si le gritan día y noche”.
Jesús dirige a los oyentes un mensaje en forma de pregunta: viene a decir, si un juez injusto puede verse forzado a hacer justicia ¿Cuánto más Dios escuchará la oración de sus elegidos que “le gritan día y noche”? Dios nos escucha siempre.
El “gritar noche y día” de la parábola es la oración de los oprimidos por un sistema injusto que claman por un cambio radical del mundo. La parábola subraya la persistencia activa de la viuda por sacar adelante su asunto, a pesar del juez. Con esta parábola del “juez injusto”, que por fin hace justicia a la mujer pobre, Jesús nos presenta las dos actitudes fundamentales de la oración: la confianza y la perseverancia, con la certeza de que Dios escucha siempre nuestras súplicas.
Esta parábola encierra antes que nada un mensaje de confianza. Los pobres no están abandonados a su suerte. Dios no es sordo a sus gritos. Dios tiene compasión de todos nosotros. Es posible vivir en la confianza y trabajar por la justicia en el mundo. La oración nos compromete en la humanización del mundo.
La oración nos hace tomar conciencia del Misterio de la Presencia de Dios en nuestra vida y de su acción liberadora en nosotros… sin la oración, nos perdemos… La cultura actual nos acelera y nos llena de prisas. Es muy difícil sustraerse al ritmo acelerado en el que vivimos y para orar necesitamos entrar en el tiempo de Dios que es un tiempo de calma y de gratuidad. Estamos tan llenos de nosotros mismos que no hay espacio para Dios. Por eso, necesitamos intensificar nuestra relación con Dios. Nos preguntamos: ¿Me tomo tiempo para la oración? Hay muchos que olvidan la oración, y sin la oración la fe se diluye.
Por eso Jesús hace una pregunta llena de tristeza: “Cuando vuelva el Hijo del Hombre ¿Encontrará fe en la tierra?”. Jesús parece dudar de que sus discípulos mantengan esa fe y esa confianza, tanto en el presente como en el futuro: “Cuando vuelva el Hijo del Hombre ¿Encontrará fe en la tierra?” La historia avanza, los sucesos transcurren de forma rápida, la cultura cambia, los sistemas políticos y económicos evolucionan y todos tenemos conciencia de que estamos en un cambio de época. Pero ¿Permanece en nosotros esa fe y confianza en Dios de que otra manera de vivir son posibles para nosotros? ¿Creemos también nosotros como cree esta viuda, en la justicia final y en la salvación para los pobres? La oración es una actitud básica en nuestra vida. Necesitamos orar para mantenernos firmes en el seguimiento de Jesús.
En el Evangelio de hoy, Jesús nos invita a la oración: “Orar siempre sin desanimarse”. La oración ocupa un lugar esencial en la vida de Jesús. La oración está presente en su vivir diario. La oración de Jesús brota espontáneamente de esa relación profunda que vive con el Padre. Su confianza en el Padre se mantiene firme en los momentos más difíciles de su vida.
Nosotros necesitamos también invocar a Dios como Jesús, de manera incesante y sin desanimarnos. Sin una profunda relación con Dios, ¿Cómo podremos vivir con alegría la novedad radical del Evangelio, que es “contracultural” en nuestro mundo actual? Hoy celebramos el día del Domund. El lema de este año es: “Bautizados y enviados” es decir, la Iglesia tiene como misión anunciar y llevar al mundo la salvación de Jesucristo, muerto y resucitado. Esta tarea corresponde a todos nosotros, los bautizados. El Papa confía a María, nuestra Madre, la misión de la Iglesia. Podemos hacer nuestra la oración del salmo de la liturgia del domingo: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

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