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Vergüenza

No es asunto de salvarle el pellejo a uno u otro. ¡Es el nombre de nuestra Patria el que está siendo mancillado sin precedentes en la historia de nuestro país! 

Juan Ángel López Padilla
Sacerdote

Después de pasados estos días de estar pendientes de las declaraciones de los “testigos” en el juicio que se ventila en el Distrito Sur de Nueva York, no hay que olvidar que, tanto los enjuiciados como los testigos son hondureños aunque, parece ser, a partir de lo que hemos escuchado, habría que colocarles el calificativo de deshonrosos, pésimos hondureños.  

No es asunto de salvarle el pellejo a uno u otro. ¡Es el nombre de nuestra Patria el que está siendo mancillado sin precedentes en la historia de nuestro país! 

Nos llena de profunda vergüenza enterarnos como personas, conciudadanos, habitantes de nuestra patria, a los que incluso se les ha honrado con la responsabilidad de ser miembros del Congreso Nacional o alcaldes de alguno de nuestros municipios, se han prestado de manera tan abominable, para cometer crímenes de lesa humanidad.  

Porque desde el momento en el que una persona coloca por encima de la ética, por encima del bien común, por encima de la vida humana, su afán de poder y su afán de tener; cuando alguien vende su alma y se colude no solamente con el crimen organizado sino con aquellos que han hecho del narcotráfico su “modus vivendi”, debemos comprender, que estamos frente a actos que no son particulares, no son circunstanciales sino que hay una premeditación y una alevosía que hiere las fibras más profundas de la dignidad humana, y del bien de una sociedad.  

No es justo sentir vergüenza ajena como lo estamos sintiendo en estos días. Como en el pasado ha ocurrido con hermanos latinoamericanos que, han sido etiquetados por el solo hecho de nacer en un país en el que algunos de sus habitantes se prestaron para cometer actos tan deleznables, parece que nos vemos, nos veremos encaminados a ser etiquetados en el concurso de las naciones ya no solo como un narcoestado sino que cada hondureño será tildado de narcotraficante.  

¿Que debemos hacer frente a esto? Desde hace muchos años la Iglesia ha venido señalando a través de los comunicados de la Conferencia Episcopal que la institucionalidad de nuestra Patria no solamente se estaba resquebrajando sino que se estaba perdiendo.  

En algunas otras ocasiones, en este mismo espacio, he señalado que el nivel de desconfianza que hay en nuestro patio, frente a cualquier institución del país, llámese Presidencia de la República, Congreso Nacional, Corte Suprema de Justicia, Fiscalía General de la República, Fuerzas Armadas de Honduras, Policía Nacional, etc. nos llevaría a un punto tal que todos, absolutamente todos, terminaríamos pagando situaciones de las que ni remotamente éramos directamente responsables. Claro está que no podemos singularizar, pero si profundamente lamentar. 

 Es sumamente vergonzoso, y muy doloroso, descubrir como se han planificado tantas acciones criminales en nuestra Patria, y sin embargo, parece ser que en ningún momento probablemente cegados por el dinero, cegados por el poder, fueron capaces de ver más allá de sus narices y pensar que la única salida, al final, el único destino que les esperaba no era otro que el del desprecio público y la condena generalizada de su proceder. 

Es imprescindible que todos, sin excluir a nadie, aboguemos por un cambio de actitud, legal y permanente. 

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