Editorial

Mes Misionero Extraordinario II

No tengamos miedo de ser anunciadores alegres de nuestra experiencia de Cristo, que ha muerto y resucitado por nosotros.

Juan Ángel López Padilla
Sacerdote
Quiero continuar esta semana meditando en torno a este mes misionero extraordinario al que el Santo padre Francisco nos ha convocado. La razón por la cual estamos abocados a esta celebración procede de una necesidad pastoral que el papa Benedicto XV interpretó al concluir la Primera Guerra Mundial. Esta Gran Guerra había diezmado no solamente la población europea sino que había lanzado un manto de desánimo que provocaba la desesperación y la frustración en todos los ambientes, tanto políticos, sociales y religiosos.
La Gran Guerra significó para la historia de la humanidad el descubrimiento de lo más bajo de las excusas que los políticos de turno, como los políticos de hoy en día pretendían justificar en función de sus intereses nacionalistas y particulares. Es por eso que la crisis que se ocasionó al final de la guerra no era el resultado únicamente de la suma de los que murieron en ella, sino el resultado de contemplar la degradación del ser humano llevada hasta ese extremo. Las voces de los santos padres que desde tiempos del papa San Pío X habían hecho un llamado a no recurrir más a la guerra. La crisis que todo esto provocó, afectó también el espíritu misionero y la Iglesia no podía quedarse callada. A las crisis se les debe responder siempre con un nuevo impulso misionero porque nuestro mundo siempre necesita de buenas noticias, de la buena nueva del Evangelio. El tipo de crisis que ahora vivimos es distinta a las de las guerras mundiales o ¿No lo es?
Muchas hablan de que ya vivimos una Tercera Guerra Mundial por partes. Como Iglesia, a nivel mundial, el nivel de persecuciones, de martirios, supera cualquier tipo de estadística imaginable. Entre más seamos perseguidos, más debemos fortalecer nuestro ser bautizados y enviados por Cristo. Lo que necesitamos es estar convencidos que lo que gratis hemos recibido, gratis debemos compartirlo. Nuestro mundo urge de un nuevo concepto de verdad, de libertad, de justicia y de paz. Es por eso, que las misiones que realizaremos a lo largo de todo este mes de octubre, no son ni serán jamás un acto proselitista, no partimos de un estudio de mercado, sino del impulso del Espíritu Santo. La nuestra, no es una sociedad ni remotamente cristiana, es una sociedad indiferente, una sociedad en la que invocando una pluralidad y un respeto por todas las creencias, hemos terminado por vaciar el sentido de lo verdaderamente humano, de lo verdaderamente cristiano. Por eso, hoy más que nunca y no solo producto de la conmemoración de estos 100 años de la Maximum Illud, debemos sentirnos responsables de llevar el anuncio alegre de un esperanza que nos sostiene y que es el eje, el pilar, de una sociedad, de un mundo en el que vale la pena vivir.
No tengamos miedo de ser anunciadores alegres de nuestra experiencia de Cristo, que ha muerto y resucitado por nosotros.

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