Punto de Vista Reflexión

Pedro Ayala

El valor de la vida parece ser un cuento de los libros de ficción, de un pasado que cada día se ve más lejano.

Juan Ángel López Padilla
Sacerdote
Esta semana ha sido para mí personalmente un momento de profundo desgarramiento por el doloroso acontecimiento de la muerte de Pedrito Ayala, que, al momento de su pascua, fungía como Director del Campus de la Universidad Católica de Honduras, en San Pedro Sula.
Pedro fue mi alumno en el Seminario Mayor y posteriormente, cuando producto de un discernimiento maduro descubre que no era su lugar el del sacerdocio, le tuve como alumno en la Maestría de Teología Espiritual. Siempre me resultó un muchacho respetuoso, sencillo pero exigente en su fe.
En algún momento incluso me pidió que le echase una mano con su tarea como Director del Campus. Lo hice con gusto y aunque le volví a ver en alguna otra actividad de la universidad esa fue la última vez que directamente platicamos un buen rato. Su cobarde asesinato el lunes por la noche me conmocionó y me cuestionó grandemente. Más allá de los 3 hijitos que se han quedado huérfanos de padre. Más allá de la comunidad universitaria que llora su partida y que se pregunta ¿Quién está detrás de semejante acto de barbarie? ¿Qué lo provocó?
No me he atrevido ni siquiera a hablar con algunas de las autoridades de la universidad porque temo que el tema deje de ser Pedro para hablar de la crisis que vivimos en el país. Ahora, ¿Es posible desligar un crimen tan doloroso de los muchos que siguen ocurriendo en nuestro país? Duele mucho pensar que la muerte de un joven con un futuro prometedor como Pedro, pase sencillamente a engrosar estadísticas que siempre son frías, inhumanas.
Cuando vemos todo lo que nos está pasando y a lo que, lamentablemente, pareciese como que nos hemos acostumbrado, no nos damos cuenta del nivel de degra- dación social que estamos sufriendo. En este espacio he hablado muchas veces del nivel de violencia que nos aqueja. He señalado lo que a mi parecer es la causa de todo esto y aunque no pretendo dejar de insistir en las soluciones que, desde la Fe, nos sentimos llamados a presentar, aunque para los poderosos de este mundo se interprete como un acto de rebeldía o de una crítica infundada. Es demasiado difícil hablar, justo este domingo, de independencia, de libertad, de soberanía cuando vemos tanta violencia y tanta división al interior de nuestra patria.
El número de las muertes por el sicariato no parece disminuir. El valor de la vida parece ser un cuento de los libros de ficción, de un pasado que cada día se ve más lejano.
Pienso en Pedro y en tantos profesores, pedagogos, formadores, padres de familia que se ven cada día enfrentados con muchachos que viven en un mundo en que la única realidad que han conocido es la de este mundo violento, despiadado, vengativo e inhumano.
Pero por respeto a la memoria de Pedro, y de tantos otros que han dado su vida buscando educar en valores sobre los que debería fundarse nuestra patria y el mundo entero, no podemos dejar de llevar el Evangelio. Pero sobre todo no debemos dejar de vivirlo.

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