Buenas Nuevas

“A prender fuego…”

PALABRA DE VIDA
La inmersión que ahora Jesús propone es en la sangre de su pasión.
Tony Salinas Avery
Sacerdote
Nos sigue cautivando queridos amigos y amigas, el evangelio de Lucas, que desde hace varios domingos, nos viene invitando a una adhesión más radical y real a la persona de Jesús y a su Reino. En este domingo, a través de la primera lectura, que aparece como una gran monición al texto evangélico, tomada de Jeremías (38,4.6.8-10), el profeta anuncia con sus palabras a Cristo. Su vida toda es una profecía, una encarnación progresiva de esta Palabra de Dios que se encarnará plenamente en Cristo.
El anuncio valiente de lo que Jeremías veía como voluntad de Dios crea división entre los que le escuchan y le lleva a pasar en la cárcel dos tercios de su vida. Y es que Cristo con su palabra, ha venido “a prender fuego en el mundo”.
E inmediatamente agrega: “¡Tengo que pasar por un bautismo!” Hay pues, en este texto un atrevido contrapunto, por parte de Jesús, al oponer a las llamas devoradoras la imagen del agua que tiene que ver con el tema del bautismo. Como el fuego, el agua también arrastra, purifica, fecunda. Solo que la “inmersión” (es el sentido original de la palabra griega “bautismo”), para Cristo y sus discípulos, no se hace dentro de las “claras, frescas y dulces aguas”, como se hacía de manera romántica en el ritual de fecundidad del culto grecorromano del dios Pan.
La inmersión que ahora Jesús propone es en la sangre de su pasión. De aquí, llamo a proponer que nuestro bautismo más que ser un hecho que se anota en nuestros archivos parroquiales, debe grabarse en nuestra carne, escrito, por qué no, con la sangre de nuestra propia vida.
San Pablo, a propósito de esta idea, señala que debemos ser: “una carta de Cristo escrita no con tanta tinta sino con el Espíritu Santo de Dios vivo, no sobre tablas de piedra sino sobre tablas de carne, de nuestros corazones” (2Co 3,3). Ser fiel en vivir y anunciar la verdad de Cristo equivaldrá, para todos los bautizados, un despertar de tremendas oposiciones, a “renunciar al gozo inmediato, como Cristo, y soportar la cruz sin miedo a la ignominia”.

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