Caminar Punto de Vista

Cabeza de la Iglesia

Comamos el pan después de una real y completa conversión y de una confesión sincera de nuestros pecados. No pierdan la salvación.

José Nelson Durón V.
Columnista
Por más de veinte siglos nos han llamado cristianos los que no pertenecen a la Iglesia y hay quienes dicen serlo, pero omiten lo sacramental en su vida y no siguen las enseñanzas del Señor Jesús, pese a: “Jesús le contestó, y dijo: <<El que me ama guarda mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él>>” (Jn 14:23) y: “El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día” (Jn 12,48). Nosotros mismos no damos a la santa Eucaristía la importancia vital que tiene, al no sublimar suficientemente su misterio, indagar sobre el tema, estudiarlo, meditarlo y enseñarlo. Nos quedamos en nuestra vocación, que en ocasiones poco conocemos, dando una falsa impresión de limitaciones en la Iglesia o de actos humanos por sobre los divinos. Las vocaciones, misiones y espiritualidades de la Iglesia son complementarias, aunque sin duda necesarias, pero lo fundamental es el Misterio de Cristo que, por designio “del Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria… le constituyó Cabeza Suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo” (Ef 1,15-23). Por favor, hermanos, mediten este pasaje y únanlo a Mt 16,13-19 y a Jn 21,15-25; aquí y en otras partes está el misterio de la Iglesia.
Hoy, en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, resuenan en nuestros corazones las abundantes palabras con que el Señor enseñó a sus apóstoles sobre éste su legado a la humanidad: la santa Eucaristía, que celebra la Iglesia desde aquella Última Cena del Señor con los discípulos y se convirtió en la primera sacramental con la humanidad, “Hagan esto en memoria mía…” Ya basta, dicen los Obispos, pastores de Honduras y sucesores de los Apóstoles, de tanta corrupción, mentira, injusticia, delito, señalamiento hipócrita, complicidad, pereza, indiferencia… Ya basta, hermanos. Comamos el pan después de una real y completa conversión y de una confesión sincera de nuestros pecados. No pierdan la salvación.

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