Caminar Punto de Vista

El espíritu de Dios

No estoy lejos, nos dice; estoy en el corazón de cada uno de ustedes que aman a mi Hijo y son, por tanto, hijos amados míos.
José Nelson Durón V.
Columnista
Cincuenta días después de la Resurrección de nuestro Señor celebramos la Solemnidad de Pentecostés, en que tiene lugar la venida del santísimo Espíritu de Dios para llenar a todos los discípulos, que estaban reunidos. Veinte siglos después meditamos el misterio de la Santa Trinidad, “misterio absoluto en el sentido que no lo entendemos a pesar de habernos sido revelado” (Catolicismo, Rev. Richard P. McBrien, Universidad de Notre Dame en Indiana), confirmado por el Concilio de Nicea, año 325, y por el de Constantinopla, año 381, que nos dio el así llamado Credo Niceno-constantinopolitano. “Un misterio es algo que claramente trasciende nuestra capacidad de entendimiento racional y conceptual y excede, más allá de toda imaginación humana, el alcance y los recursos de nuestro conocimiento habitual”. Hoy, inmerso en un mundo de mucha velocidad y ruido, el hombre no ora, medita poco y se aleja de Dios; las múltiples atracciones nos distraen y relativizan las inclinaciones de las almas, diluyendo cualquier intento secreto del corazón de espiar hacia el Misterio. Estamos apresados en la vorágine de la nota informativa; del escándalo artístico vodeviliano, surrealístico y lírico; del puré político envejecido y raleado en nuestros lares y las travesuras y rarezas de un gringo de pelo engomado.
Pero hoy la Iglesia nos llama a revivir Pentecostés y a abrir nuestros corazones al fuego del amor de Dios en su Hijo Jesús, que se entregó por todos; a recibir los dones y gracias que nos envía Él desde el cielo. No estoy lejos, nos dice; estoy en el corazón de cada uno de ustedes que aman a mi Hijo y son, por tanto, hijos amados míos. Ámense y déjense amar. Abran ampliamente sus almas a mi Misterio, que les explicaré sentados sobre mis piernas, cuando decida llamarles a contemplar en su excelsa belleza toda la amplitud de la promesa que Jesús enseñó mientras recorría junto a ustedes sus sendas y veredas; cuando comió con ustedes y les dejó el pan del cielo que la Iglesia les reparte en la tierra. Así es y así sea.

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