Buenas Nuevas

“Se separó… y fue llevado al cielo”

PALABRA DE VIDA
Él como un sumo sacerdote levanta las manos y antes de desaparecer de sus ojos, bendice a su Iglesia.
Tony Salinas Avery
Sacerdote
En el relato lucano de la Trasfiguración (9,31), ya Jesús hablaba con Moisés y Elías sobre su “Éxodo”, es decir, su salida de este mundo a través de la cruz y la resurrección, para entrar en la gloria junto al Padre. Jerusalén para Lucas es la meta a la cual debe llegar Cristo y culminar su carrera con su ascensión a los cielos, fiesta que celebramos este domingo. Él como un sumo sacerdote levanta las manos y antes de desaparecer de sus ojos, bendice a su Iglesia. Delante de Él toda la comunidad creyente se pone en actitud litúrgica de adoración, de alabanza y de fiesta. No es un adiós sino la inauguración del tiempo de la esperanza. Para el evangelista Lucas, la ascensión viene presentada tanto en el Evangelio como en su segunda obra de los Hechos de los Apóstoles (primera lectura de hoy), donde desarrolla con más amplitud y significado todo lo que está sucediendo en torno a Jesús y los suyos. Dos grandes símbolos en esta despedida: el “cielo” y la “exaltación”. Simbolismo que la Carta a los Hebreos nos explica en la segunda lectura: Cristo entre una vez y para siempre al Santuario del cielo, ya no habrá que hacer un rito en la tierra que lo prefigure, Él ya ha entrado, ha sido glorificado y con su sangre derramada sobre la cruz del Calvario, abre a todos la posibilidad de entrar al santuario celestial en donde se celebra el encuentro perfecto con el Padre. Bien nos lo dirá a manera de síntesis bíblica el prefacio de esta solemnidad: “No se ha ido para desentenderse de este mundo, si no que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino”. A lo que podríamos agregar la exhortación que nos hace el autor de la Carta a los Hebreos: “Esforcémonos, pues, para entrar en aquel descanso”, que es la “carne” de Cristo glorificada está oculta en su interior el misterio de Dios mismo.

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