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¿Qué es un acto de desagravio?


Recientemente se dio a conocer la lamentable noticia de un sacrilegio en la capilla Divino Niño de la parroquia San Francisco de Asís de Valle de Ángeles. Un sacrilegio, profanación, un acto infame, el robo del Sagrario y las formas consagradas que este contenía. Según la información brindada por el presbítero Juan Martínez, párroco de Valle de Ángeles, se robaron el sagrario que contenía el Santísimo Sacramento.

Un sacrilegio es una ofensa grave a Dios, a lo más sagrado que tiene la Iglesia, la Eucaristía, la presencia misma del Señor; por eso, ir contra ella es algo más que una simple profanación.  Es por ello, que un acto de desagravio es una reparación ante esta ofensa cometida.

“Señor perdónanos”

¿Cómo se debe hacer? En primer lugar, se celebra la Eucaristía. Ante la máxima ofensa, corresponde la máxima reparación, el mayor acto de amor, Jesús que entrega su vida por la salvación de las almas. Posterior a esto, se realiza una jornada de oración, ayuno y penitencia, que normalmente se extiende por 40 días. Durante este tiempo, llamado de expiación, se trata de pedir la ayuda de Dios para reparar el mal hecho.

Decretan 40 días de expiación en Marale

En el Canon 1367 del Código de Derecho Canónico que: “quien arroja por tierra las especies consagradas, o las lleva o retiene con una finalidad sacrílega, incurre en excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica”.

ACTO DE DESAGRAVIO DE PÍO XI

¡Oh dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! Vednos postrados ante vuestro altar, para reparar, con especiales homenajes de honor, la frialdad indigna de los hombres y las injurias con que, en todas partes, hieren vuestro amantísimo Corazón.

Más recordando que también nosotros alguna vez nos manchamos con tal indignidad de la cual nos dolemos ahora vivamente, deseamos, ante todo, obtener para nuestras almas vuestra divina misericordia, dispuestos a reparar, con voluntaria expiación, no sólo nuestros propios pecados, sino también los de aquellos que, alejados del camino de la salvación y obstinados en su infidelidad, o no quieren seguirlos como a Pastor y Guía, o, conculcando las promesas del Bautismo, han sacudido el suavísimo yugo de vuestra ley.

Nosotros queremos expiar tan abominables pecados, especialmente la inmodestia y la deshonestidad de la vida y de los vestidos, las innumerables asechanzas tendidas contra las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las execrables injurias proferidas contra vos y contra vuestros Santos, los insultos dirigidos a vuestro Vicario y al Orden Sacerdotal, las negligencias y horribles sacrilegios con que es profanado el mismo Sacramento del amor y, en fin, los públicos pecados de las naciones que oponen resistencia a los derechos y al magisterio de la Iglesia por vos fundada.

¡Ojalá que nos fuese dado lavar tantos crímenes con nuestra propia sangre! Mas, entretanto, como reparación del honor divino conculcado, uniéndose con la expiación de la Virgen vuestra Madre, de los Santos y de las almas buenas, os ofrecemos la satisfacción que vos mismo ofrecisteis un día sobre la cruz al Eterno Padre y que diariamente se renueva en nuestros altares, prometiendo de todo corazón que, en cuanto nos sea posible y mediante el auxilio de vuestra gracia, repararemos los pecados propios y ajenos y la indiferencia de las almas hacia vuestro amor, oponiendo la firmeza en la fe, la inocencia de la vida y la observancia perfecta de la ley evangélica, sobre todo de la caridad, mientras nos esforzamos además por impedir que seáis injuriado y por atraer a cuantos podamos para que vayan en vuestro seguimiento.

¡Oh benignísimo Jesús! Por intercesión de la Santísima Virgen María Reparadora, os suplicamos que recibáis este voluntario acto de reparación; concédenos que seamos fieles a vuestros mandatos y a vuestro servicio hasta la muerte y otorgarnos el don de la perseverancia, con el cual lleguemos felizmente a la gloria, donde, en unión del Padre y del Espíritu Santo, vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

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