Punto de Vista Reflexión

El CELAM

Si queremos que nuestras sociedades vivan en fraternidad, el ejemplo, tenemos que darlo nosotros.
Juan Ángel López Padilla
Sacerdote
Esta semana hemos sido visitados por obispos de todo el continente, con motivo de la XXXVII Asamblea General del CELAM. La colegialidad episcopal es uno de los elementos más desarrollados intencionalmente en el Concilio Vaticano II y que el Santo Padre tiene en su corazón. Sin pretender que es posible volver sin más a un estilo que sea la exacta reproducción de los que ocurría en el siglo I de nuestra historia eclesial, no cabe duda que en mucho depende de esa colegialidad que se garantice la catolicidad.
Muchas veces he insistido en este espacio en la importancia que tiene el que sepamos vernos como Iglesia. Nuestra pertenencia a la Iglesia fundada por el Señor no puede ser sentimental, circunstancial o espacial.
En el credo subrayamos que la Iglesia es apostólica y eso es una garantía de que se trata de la comunidad fundada por el Señor Jesús y no por el capricho de nadie.
En América Latina, desde 1899, se ha venido trabajando en un estilo que es único en el mundo. No es casualidad que haya sido una iniciativa del Santo Padre, León XIII quién hubiese estado detrás de aquella primera reunión. El amor al Papa y la fidelidad a él, no entra en discusión cuando se trata de servir en la Iglesia y como Iglesia.
Incluso antes de la celebración del Concilio Vaticano II y con alguna ceja levantada en los pasillos de los organismos de la Curia Romana, en 1955, los obispos latinoamericanos optaron por darle forma a un organismo que hoy en día es el orgullo de esta iglesia que peregrina en América. Cuando salieron los nombres de los nuevos directivos del Celam, sólo pensaba en cómo el corazón de Dios fue guiando a los obispos para seguir buscando impulsadores del Espíritu de Misión Permanente en el que debemos estar imbuidos todos. Quiera Dios que este cuatrienio nos deje muchos frutos y sobre todo un renovado impulso para la Conversión Pastoral y la Renovación de nuestras parroquias. En estos dos últimos elementos es donde creo que más debemos poner énfasis porque sin una pastoral renovada que acerque el evangelio a todos y nos transforme en una página abierta del mismo evangelio para los demás, estaremos perdiendo el tiempo o haciendo más de lo mismo. Pero, lógicamente, la pastoral no se renovará sin pastores convertidos, sin pastores comprometidos y misioneros.
Por eso, la reunión de esta Asamblea no puede quedar en una efeméride más. Se trata de un firme llamado que debe pesar sobre nuestras conciencias para comprender que la vida de nuestra de no se agota en nosotros, sino que es una fe compartida y una fe responsable.
Es urgente que veamos más allá de nuestras narices y no nos cerremos con mentalidad particularista. Si queremos que nuestras sociedades vivan en fraternidad, el ejemplo, tenemos que darlo nosotros.

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