Caminar Punto de Vista

Desde dentro de sí

En el seno de la Iglesia, entre tantas de sus propuestas pastorales, surgió la Juventud Obrera Católica quien propuso el método ver-juzgar-actuar.

José Nelson Durón V.
Columnista
¡Aquel de vosotros que esté sin pecado, que arroje la primera piedra! Estas palabras del Señor Jesús han inquietado e inquietarán las almas durante siglos, especialmente las confrontadas por su propia conciencia, cuando no han estado inclinadas a ver, oír y juzgar desde el interior del corazón que, descuidado, no ve la paja del ojo propio antes que la del ajeno. Es la perspectiva del abrazado a las cosas temporales, las del mundo: política, poder, vanidad, impiedad, indiferencia y superficialidad. Si el mundo nos atrapa, se nos obnubila la percepción de las cosas y llegamos al punto de odiar y criticar el pecado que nosotros mismos cometemos o justificamos. “No amen al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él”, dice san Juan en su primera carta, recordándonos que Alguien sufrió y ofreció su vida para liberarnos de la influencia del príncipe del mundo, que insta a juzgar al pecador, no al pecado. En el seno de la Iglesia, entre tantas de sus propuestas pastorales, surgió la Juventud Obrera Católica que, allá por 1930, propuso el método ver-juzgar-actuar, asumido después por la Acción Católica, que se sumó a los movimientos de renovación de la iglesia. Se trataba de una metodología para la acción transformadora de los cristianos en sus ambientes y para la superación del divorcio fe-vida. Es una propuesta de espiritualidad que tiene como corazón la revisión de la propia existencia para descubrir el sentido cristiano de la vida y promover la capacidad de transformar la historia, que solo puede renovarse desde la evolución a estadías afirmadas en la honestidad, integridad y dignidad. Uno de los frutos más excelentes de la honestidad es el conocimiento del sí interior, que rota sobre sí mismo mientras no ocurra una fuerza que lo desvíe y sea capaz de enfocar el entendimiento y el corazón en Dios y en el otro, en su persona y su dignidad, para aceptarlo tal como es, permitiendo que sea solo el Señor quien escriba sobre la pobre tierra de cada uno.

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