Caminar Punto de Vista

Regresando a casa

Asumir el dolor es reconciliarlo y encarnarlo, en el dulce recuerdo del don temporal que Dios nos concedió.

José Nelson Durón V.
Columnista
Somos seres sensibles, lo que significa que somos capaces de sentir. Aunque la santa Biblia no entra en pormenores, es lícito afirmar que, en el Edén, prefigura del cielo prometido en la post historia, el primordial sentimiento era la serenidad, comodidad, paz, confianza y amor; una vida sin altibajos en que ni siquiera el calor, el frio y el dolor podían perturbar aquel estado de profunda placidez. Disposición natural a beneficio del otro, sin retribuciones o recompensas. No eran posibles siquiera las comparaciones; eras como eras: natural, sencillo, sin propiedades, autoridades, presunciones o sumisiones… En aquella profunda armonía, el enemigo fue capaz de inyectar el big bang que desconectó las hermosas fibras de la santidad e hizo entrar en la historia el dolor, el sufrimiento y la muerte, que acompañan ahora nuestro caminar en esta tierra que el Señor transformará en el nuevo y definitivo Edén. Mientras llega la hora, siembren el dolor de los amores ausentes en la fértil tierra de la aquiescencia y cosechen recuerdos de felicidad compartida y de generosidad entregada y gozada. Asumir el dolor es reconciliarlo y encarnarlo, en el dulce recuerdo del don temporal que Dios nos concedió.
En la enfermedad, sea el sufrimiento como el maná de la voluntad divina y no lo despreciemos como en el desierto; el dolor, como las algarrobas que comían los cerdos y en algún momento podríamos tener que engullir. La muerte sea la hermana que nos lleva de regreso a casa, donde el Padre eterno aguarda a la puerta con un traje, anillo y sandalias, y ordena traer y matar el ternero cebado para el banquete por el hijo que “ha revivido, estaba perdido y ha sido encontrado”. Sea enterrada la tentación en el desierto y el dolor sea el acicate que anime nuestros pasos en este retorno, que nadie podrá hacer por nosotros, para caminar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios y llegar lo más límpidos posible a la tierra en que mana leche y miel, en el regazo del Padre y en el atrio de la Iglesia que en el cielo glorifica al Señor.

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