Caminar Punto de Vista

La paciencia de Dios


El verdadero hijo de Dios suplica, incluso, no caer en tentación, conocedor de su propia debilidad y concupiscencia.

José Nelson Durón V.
Columnista
Las religiones naturales divinizan la naturaleza, el mundo y sus fenómenos astronómicos y biológicos, sujetos a repeticiones cíclicas por las leyes de la física y de la astronomía; piensan el tiempo como un círculo en que la historia se repite eternamente. No tiene fin, vuelve siempre sobre sí mismo, iteración repetitiva interminable; así, entonces, es el hombre, un ser sin destino, existente pero desprovisto de futuro, un ser sin esperanza. El hinduismo por su parte, “tiene una compleja teoría presidida por el esquema creación-destrucción-creación, reproducido hasta el infinito”. Nosotros, sin embargo, creemos en la linealidad del tiempo, en una historia que tiene su comienzo en la creación; en Dios, que acompaña nuestro caminar e irrumpe en nuestras vidas para salvarnos y llevarnos a la meta, que no es un reinicio, sino la consumación de la obra de Dios. Nuestra vida es una Cuaresma que inicia el miércoles, día tercero en que Dios crea la tierra y los mares, la naturaleza viva, sustento para el hombre y este domingo la Iglesia nos propone a Moisés como compañero en esta nuestra Cuaresma, mientras san Pablo nos recuerda que “todas estas cosas les sucedieron a nuestros antepasados como un ejemplo para nosotros y fueron puestas en las Escrituras como advertencia para los que vivimos en los últimos tiempos. Así pues, el que crea estar firme, tenga cuidado de no caer”.
El verdadero hijo de Dios suplica, incluso, no caer en tentación, conocedor de su propia debilidad y concupiscencia. Huye de la ambición al poder y al dinero y centra su corazón en lo esencial; recuerda su propio bautismo y come y bebe la misma comida y bebida espiritual: el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, que es la Roca fundamental de donde se desprende Pedro, su primer Papa. San Lucas, contrario a san Mateo, inserta la parábola de la paciencia de Dios con la higuera que no da fruto, recordándonos la pasión del Señor que durante tres días padeció tanto por nosotros, como exhortativa a caminar libres de todo pecado y ambición.