Caminar Punto de Vista

Ciudadanos del cielo

“Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo”, dice san Pablo, “Él transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas”.

José Nelson Durón V.
Columnista
Hace una semana la Liturgia nos presentó al Señor tentado en el desierto y recordó la respuesta que da al diablo: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”. Enfático, definitivo, para que no quepa duda. San Lucas revela al Señor diciendo, ocho días antes de la perícopa que hoy meditamos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día… Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día, y sígame.» Hoy, la Liturgia nos pone a meditar sobre la transfiguración del Señor en el Tabor, ante tres discípulos cargados de sueño, como en Getsemaní, donde tanto san Marcos como san Mateo ponen a Pedro, Santiago y Juan. Ya Moisés y Elías se separaban del Señor cuando desde la nube que les cubre vino la voz de Dios: «Este es mi hijo amado, mi elegido, escuchadle». Hemos escuchado a san Pablo denunciando a eso que llamamos el mundo, por su inmersión en una realidad que les resulta tan pesada, que ignora lo sustancialmente más importante; aparentemente tan importante, que olvida lo fundamental: somos hijos de Dios continuamente llamados a caminar hacia Él, observar sus mandamientos y cumplir su santa voluntad: “toma tu cruz y sígueme”. El morbo noticiero nos informa de personas que escogen el camino más fácil, ponen su énfasis en el vientre, se enorgullecen de cosas que deberían avergonzarles y solo piensan en cosas del hoy. “Cuando cesó la voz, se encontró Jesús solo”, dice el Evangelio. La sordera y superficialidad a que nos hemos acostumbrado nos aleja de esa realidad que hoy el Señor Jesús enfatiza: vida, muerte y resurrección han sido unidas por la santa cruz en el Calvario, al altísimo precio de su sangre. “Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo”, dice san Pablo, “Él transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas”. Vivamos y actuemos como tales.

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