Caminar Punto de Vista

Un nuevo estilo de vida

Proponemos para esta Cuaresma la figura y memoria de san Francisco, el pobrecito de Asís, que se despojó de sus vestidos en un gesto de contenido simbólico.

José Nelson Durón V.
Columnista
La santa madre Iglesia, Cuerpo de Cristo, comenzó a celebrar anualmente el misterio pascual de Cristo en el siglo II y advirtió la necesidad de una preparación adecuada por medio de la oración y del ayuno, en un proceso espiritual que fue consolidándose hasta llegar a constituir la realidad litúrgica que hoy conocemos como Tiempo de Cuaresma. Con tan buenos frutos que hasta los protestantes la imitan. La Cuaresma y su institución, sin embargo, no son nuevas, aunque su mensaje quiera hacerse nuevo. Debe éste estar revestido de tal empuje y decisión que su memoria viaje en el tiempo hasta su misma fuente, la Iglesia primitiva que continúa diciendo: “Arrepiéntete y cree en el evangelio”. Un llamado directamente al corazón con una fuerte carga vital en procura de una nueva actitud existencial. Algo así como un nuevo estilo de vida.
Es una flecha espiritual lanzada al corazón de esta época en que, quizás por vaciedad y aburrimiento o para entrar en el linaje del sentirse bien, somos capaces de justificarlo casi todo: desde derechos sexuales innaturales, libertinajes, drogas, superficialidades y hasta la peor de las injusticias contra los indefensos, pobres, niños, mujeres, ancianos, animales y el medio ambiente, incluso con la clara conciencia de encaminarnos a nuestra propia destrucción. Proponemos para esta Cuaresma la figura y memoria de san Francisco, el pobrecito de Asís, que se despojó de sus vestidos en un gesto de contenido simbólico, como lo había establecido el Concilio de Agde unos siete siglos antes, en el año 506: “Los penitentes, cuando piden la penitencia, acepten del sacerdote el cilicio… Si no cambian sus vestidos, sean desechados”. (El cilicio estaba tejido con pieles de cabra) “El que fue desprendido y espléndido en los días de su juventud, más tarde no tuvo dificultad en desapropiarse resueltamente de toda propiedad en el nombre del Evangelio. No sofocó nada. El que cantaba a las muchachas bajo las ventanas de Asís, siguió cantando al dolor, al viento y al fuego”. Así escribe Ignacio Larrañaga.

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