Caminar Punto de Vista

Seguro refugio en la necesidad

Ella es la madre de la verdad, de la autenticidad y del amor; ella es la humildad encarnada que no presume y cuyas poquísimas palabras revelan su interior, porque ella todo lo guardaba en su corazón.

José Nelson Durón V.
Columnista
Mi padre me decía siempre: “no dejes que te cuenten, ve tú a ver”. Sentencia que se me ha probado correcta y base para no caer en errores provocados por otros. En varias ocasiones, el preguntarme qué intereses tiene alguien para decir o hacer lo que expone, me ha salvado de decisiones nefastas. Y es que, como advierte el libro del Eclesiástico, “nunca alabes a nadie antes de que hable, porque esa es la prueba del hombre” (Si 27, 7) para aconsejarnos también contra la hipocresía y la presunción ajenas y propias. Cuando lavamos un frasco de perfume podemos apreciar lo difícil que resulta quitar totalmente los residuos del olor de lo que contenía y apreciar mejor las palabras del Señor Jesús: “«Oíd y entended. No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre.»” (Mt 15,10-11) o “la boca habla de lo que está lleno el corazón”.
Estas realidades sustentan aún más mi fe en la doctrina de la Iglesia e incrementa más mi amor por ambas, la Virgen y la Iglesia. ¿Cómo podría María no estar llena de Dios para siempre si recibió en su vientre al Señor, lo encarnó, alimentó y dio a luz para que fuera luz de los hombres; le dio de su carne, cuerpo y santas sustancias y recibió de él Su santidad? Ella es la madre de la verdad, de la autenticidad y del amor; ella es la humildad encarnada que no presume y cuyas poquísimas palabras revelan su interior, porque ella todo lo guardaba en su corazón. “El alma de Cristo contemplaba la esencia divina como la contempla ahora en el cielo”, escribe Lorenzo Scupoli para explicar al Señor antes de su encarnación, muerte y resurrección, de la misma manera, digo yo, como la aprecia María en el cielo, ahora y siempre, por haber cumplido la voluntad de Dios y haber aceptado ser Su madre. Acudamos, pues con confianza en todas nuestras necesidades a la santísima Virgen “porque rica es esta confianza y seguro el refugio en aquella que sigue concediendo gracias y misericordias” (sigue escribiendo Scupoli). Amén.

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