Caminar Punto de Vista

Gracia de Dios y humildad

Ante los acontecimientos, felices o dolorosos, solamente vale vivir agradecido con Dios y pasar en medio de ellos, como lo hizo el Señor al pasar entre los que querían matarlo.José Nelson Durón V.
Columnista
En un solo año, el 69 d. c., hubo en Roma cuatro emperadores: Galba, Otón, Vitelio y Vespasiano. Este último reinó hasta el año 79, en que dijo “pobre de mí, creo que me estoy convirtiendo en dios” (estoy muriendo, por la costumbre romana de divinizar a los Césares al morir; de doce, cinco fueron divinizados). Es el mismo que en el año 66 d. c. mató a miles de judíos con la ayuda de su hijo Tito Flavio, Emperador sucesor (¿serán éstos los cuatro jinetes del Apocalipsis y el 666?). Creó una campaña propagandística destacando su supuesta divinidad, victorias militares, recompensas financieras a antiguos historiadores como Tácito, Suetonio, Flavio Josefo y Plinio el viejo; regalías a ciudadanos y al ejército, así como castigos contra detractores. Grande se sentía el hombre. Gracias a Dios todos los imperios caen y los días están contados para todos; somos solo briznas a merced del viento, como parece suceder con uno cercano y su antecesor, que han asegurado hablar con Dios, visitar el futuro y otras maravillas.
Diferente ha sido con la Virgen María, que, llena de Dios y grávida por y del Espíritu Santo, revela en el Magníficat (Lc 1,46-55) no solamente su humildad, sino su misión y la majestad de Dios, que ha obrado maravillas en ella al escogerla como madre del Hijo de Dios que lleva en su vientre y de todos los hombres. El Señor Jesús, por su parte, atrae la estupefacción general con sus palabras y solo se hace acreedor a un cierto desdén: ¿no es éste el hijo del carpintero; de dónde le podrá venir lo que dice; no es María su madre; no es solo uno de nosotros? Sí, el misterio de su Encarnación, que lo hizo uno de nosotros, es inefable y absolutamente incomprensible para el hombre y quizás lo entenderemos en el envés de la página de nuestra vida. Ante los acontecimientos, felices o dolorosos, solamente vale vivir agradecido con Dios y pasar en medio de ellos, como lo hizo el Señor al pasar entre los que querían matarlo. Cada uno hará su misión y quien falle o se desvíe encontrará su propia recompensa.

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