Punto de Vista Reflexión

El evangelio de los signos

Aquellos muchachos no pudieron ellos ver al Papa, pero pensaron en su amigo. Me recordaron que Lucas, así se llama el muchacho en silla de ruedas, este evento no lo olvidará nunca.

Juan Ángel López Padilla
Sacerdote
Cuando me senté a escribir estas líneas, todavía el Santo Padre, en su visita a Centroamérica, no ha pronunciado directamente ningún discurso referente a nada de lo que se está viviendo en la Capital de la Juventud, pero, no es necesario que el Papa haya dicho nada, con sus gestos lo dice todo, su sonrisa, su mirada, su interés al ver la alegría de los muchachos.
Lo que les he escrito no es para nada un culto a la personalidad del Papa. No soy ni fanático ni papista, al menos no en el sentido despectivo que se usó después del s. XVIII. Respeto y admiro la figura del Santo Padre, por lo que representa pero, en este caso, por su tan particular manera de comunicar.
Cuando recorremos las memorias fotográficas de las JMJ anteriores vemos la belleza de los encuentros de los anteriores Papas, su manera de interactuar con los jóvenes, su conexión, sus palabras. Lo menos que podemos dar es gracias a Dios por ese carisma que han transmitido, por todo el bien que han significado estos encuentros.
Sin embargo, Papa Francisco tiene un algo que a nosotros de manera particular nos toca en lo más profundo. Claro, es latinoamericano, habla nuestra lengua, le entendemos las bromas, sabemos que habla como pastor que conoce bien a quién se dirige. Casi les diría que nos mira a los ojos como sintiendo con nosotros. En palabras de Pablo: con-sufriendo. Las imágenes lo dicen todo cuando son diáfanas, cuando no tienen eso que hoy en día se digitaliza tan fácilmente con los famosos filtros. La sonrisa del Papa no tiene filtro, no se adultera porque no ocupa votos, ni comprar conciencias, sino transmitir esperanza.
La fotografía que, en el primer día de la visita, le dio la vuelta al mundo, fue la de aquel muchacho al que un grupo de compañeros alzaron en su silla de ruedas para que pudiera ver al Papa. Para mí, esa foto me enseñó que nuestra fe tiene un futuro hermoso. Aquellos muchachos no pudieron ellos ver al Papa, pero pensaron en su amigo. Me recordaron que Lucas, así se llama el muchacho en silla de ruedas, este evento no lo olvidará nunca. Pero, yo quisiera saber el nombre de los amigos. Quisiera poder orar por ellos con nombre y apellido, aunque su anonimato les hará más cercanos al corazón de Dios.
El Papa correspondió a su esfuerzo con una sonrisa que retrata las razones de este viaje. El evangelio es siempre joven y alegre, es siempre una luz en medio de la oscuridad, es un reclamo, que no es un absoluto, sino que, abre los brazos para recibir al que se arrepiente. Eso es el rostro del Papa, reflejo de lo que él siente desde su vida de oración. Es eso lo que transmite. Eso es lo que nos deja. La próxima semana espero poder hablar de lo que dijo… aunque seguro hablarán más sus ojos y sus manos.

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