Punto de Vista Reflexión

Volviendo al tiempo ordinario


Enero no puede ser un mes ordinario, sino un mes especial y aunque ya vayamos a la mitad del mismo, no podemos desaprovechar las oportunidades que la misericordia de Dios nos regala para proponernos comenzar por cambiar nuestras actitudes.
Juan Ángel López Padilla
Sacerdote

Hay muchos, a los que este término de “ordinario” les choca muchísimo, porque les suena a algo así como “sin valor”, “simple”. A mí, por el contrario, el término ordinario me gusta, me recuerda que nuestra vida se santifica cuando somos capaces de actuar en lo cotidiano con la madurez de la fe, cuando no esperamos a tiempos espectaculares para hacer valer lo que somos, de lo que estamos hechos. A partir de este lunes, no sólo litúrgicamente, sino también en la práctica, muchos volverán a su ritmo de vida “normal”. Se vienen encima las preocupaciones de las clases por comenzar, de los trabajos que hay que conservar o procurar.
Enero es un mes complejo porque aún tenemos el sabor de los platillos de navidad pero comienzan a sentirse los sinsabores de volver a los juegos de los políticos que entrampan todo. Comenzamos este año con esperanza, pero también conscientes que necesitamos mucho más que esa esperanza. Es preciso transformar lo ordinario en extraordinario.
Nuestros propósitos de inicio de año no se van a cumplir sino tenemos la actitud de la resiliencia, de esa perseverancia que no se deja intimidar por los obstáculos sino que lucha sabiendo que la meta lo amerita. Quisiera creer que la mayoría de los que me leen cada semana, en este espacio, se han propuesto trabajar más este año por su santificación, por su crecimiento humano y espiritual.
Si hay algo que me ha marcado, al inicio de este nuevo año, es la conciencia que tengo que hay cosas que no está en mis manos cambiar y que, por más que lo intento, mis esfuerzos no llegan lejos en mi deseo de cambiar lo que quisiera de este mundo, pero, con la ayuda de Dios, espero cambiar lo que en mí, no es digno de Dios. Eso, se hace en lo ordinario, en lo sencillo y en lo que a los ojos del mundo no tiene valor, pero para mí y para los que me rodean, claro que lo tiene.
Enero, cuando estaba en la escuela, era el mes de la compra de los útiles escolares. Me encantaba ir a pelearle a mi madre que me comprase lápices de este o aquel estilo. El olor a cuadernos nuevos, a libros sin estrenar, me fascinaba. Cierto que luego solo pensaba en estar de vacaciones, pero la vida no es una vacación, es una oportunidad de ser mejores, de perfeccionarnos, de cambiar.
Enero no puede ser un mes ordinario, sino un mes especial y aunque ya vayamos a la mitad del mismo, no podemos desaprovechar las oportunidades que la misericordia de Dios nos regala para proponernos comenzar por cambiar nuestras actitudes. Cero pesimismo para el nuevo año. Cero conformismo con la situación personal y nacional. Cero tolerancia para aquello que está mal. Cero acomodo de la verdad y de la caridad. Y aunque no todo esté en nuestras manos, lo que esté, que encuentre nuestro deseo de ser santos.