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Mensaje de Navidad de Monseñor Guido Charbonneau


Con motivo de la Navidad, compartimos con ustedes las homilías de Monseñor Guido Charbonneau, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

NAVIDAD 3.jpgHomilía de Navidad (Noche Buena) 2018

Les deseo a todos ustedes una muy feliz Navidad. Navidad es una palabra que se refiere directamente al nacimiento de Cristo, nuestro Salvador, el cual  invita a cada persona, a cada familia y a cada comunidad a encontrarlo y a dejarse transformar por él. Al nacer entre nosotros como niño humilde y pobre, Jesús ha sembrado en el mundo una semilla de transformación, de cambio, de justicia, de amor y de paz. Imagínense cómo sería el mundo si Cristo no hubiera venido entre nosotros, si no nos hubiera salvado.

Escuchemos las palabras de san Pablo a Tito, en la segunda lectura de hoy. “La gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres”. La salvación es ofrecida por Cristo a los hombres de todo el mundo y de todas las épocas. Es una salvación universal. Luego san Pablo saca unas consecuencias prácticas de este hecho: “y (la gracia de Dios) nos ha enseñado a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, para que vivamos, ya desde ahora, de una manera sobria, justa y fiel a Dios…”. Nuestra vida tiene que ser coherente con nuestra fe. No puede haber divorcio entre la fe y la vida.

Nosotros que vivimos en este mundo, estamos situados entre la primera venida de Jesús hace más de 2000 años y su segunda venida al final de los tiempos. Como dice san Pablo, aguardamos “la gloriosa venida del gran Dios y Salvador, Cristo Jesús, nuestra esperanza. Él se entregó por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de convertirnos en pueblo suyo, fervorosamente entregado a practicar el bien”. Aquí estamos la Iglesia, el santo pueblo fiel de Dios, una Iglesia que sufre, a causa de los abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por algunos de sus ministros; una Iglesia que está afligida por la infidelidad de quienes traicionan su vocación, su juramento, su misión, su consagración a Dios y a la Iglesia. Pero también una Iglesia que es un signo visible y concreto de la luz de Cristo. Una Iglesia que se está renovando sin cesar. Una Iglesia de mártires, entre ellos san Oscar Arnulfo Romero, canonizado este año por el Papa Francisco. Una Iglesia que sigue engendrando vocaciones sacerdotales y religiosas, por ejemplo la reciente ordenación sacerdotal del Padre Otoniel Rodas y la ordenación diaconal de Heber Exequiel Solórzano. Una Iglesia con sus religiosas, que dan testimonio de una entrega radical a Jesús, con los votos de pobreza, castidad y obediencia. Una Iglesia con sus laicos, delegados, catequistas, animadores, responsables de pastoral, también con las familias, que van caminando hacia la santidad en su vida ordinaria, pero viven esa vida con amor.

“El árbol de Navidad con sus luces nos recuerda que Jesús es la luz del mundo, es la luz del alma que ahuyenta las tinieblas” (Twitt del Papa, 23 de diciembre de 2018).

En ese sentido hago mío el mensaje de nuestra Conferencia Episcopal para esta Navidad. “Iluminados por esta Luz que brilla en medio de las tinieblas, pidámosle que nos ayude a ver con mayor claridad el camino que hemos de seguir… Inmersos en esta sociedad llena de confusión, debido a tantos conflictos no resueltos, a tantos pobres no atendidos, y a tantos derechos conculcados, la Luz que es Jesús, nacido en Belén, nos permite ver con mayor claridad si como cristianos hemos sabido seguir por el Camino que él nos mostró con su ejemplo…

La Luz del Niño Dios nos sigue iluminando, sobre todo, en el camino hacia un futuro mejor y nos hace vislumbrar posibles pactos en favor de la población migrante que puedan concretarse en verdaderos compromisos, tanto por parte de los gobiernos como por parte de las instituciones llamadas a defender el derecho a emigrar y también el derecho a no verse obligado a emigrar. También nos ilumina la Luz de Jesús para que los jóvenes encuentren cómo crecer no sólo en sus capacidades, sino en la posibilidad de crear las oportunidades que la sociedad no les ofrece. Oportunidades no sólo para labrarse un porvenir, sino para hacerse verdaderos servidores en una sociedad donde el individualismo quiere ganar terreno.

“Será auténtica nuestra Navidad si redoblamos el amor en nuestra familia de modo que se convierta en hogar permanente de la presencia de Jesús. Será verdadera Navidad si nos convertimos a los pobres al contemplar a Jesús en un pesebre, pues, él, ´siendo rico se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza´ (2 Co 8,9). Y esa conversión nos lleve a compromisos de auténtica ayuda para quienes la Navidad es tan solo una oportunidad de que se agudice su dolor y su soledad.

Será Navidad si al contemplar al recién nacido en Belén renovamos en nosotros el amor a la vida que nace y el dolor por la vida que no dejamos nacer”.

Antes de concluir su alocución en el Ángelus de ayer, el Santo Padre pidió que la Virgen María nos obtenga la gracia de vivir una Navidad extrovertida: que en el centro no esté nuestro “yo”, sino el Tú de Jesús y el Tú de nuestros hermanos y hermanas, especialmente los que necesitan una mano. Entonces dejaremos espacio para el Amor que, aún hoy, quiere hacerse carne y venir a vivir entre nosotros.

En esta Eucaristía, con los sentimientos de la Virgen Madre y de san José, démosle gracias al Señor Jesús por haberse dignado nacer entre nosotros y estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Y como los pastores, contemos a nuestro prójimo todo cuanto hemos visto y oído. Amén.

NAVIDAD 2Homilía de Navidad (misa del día) 2018

Hoy es Navidad. Muchas felicidades hermanos y hermanas. Desde anoche estamos celebrando esta gran fiesta de la Encarnación del Hijo de Dios. En su gran misericordia Dios nos envió a su propio Hijo, nacido en la carne, nacido bajo la ley, nacido de Santa María Virgen. El Hijo de Dios quiso hacerse hombre en todo, menos en el pecado, para hacernos hijos de Dios desde nuestra humanidad.

Es lo que recalcan hoy las tres lecturas que acabamos de escuchar: hacen ver las dimensiones profundas de la venida del Hijo de Dios en nuestra carne mortal.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, se dirige al pueblo de Israel que sufre en el exilio. El profeta anuncia que viene sobre los montes “un mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: ‘Tu Dios es rey'”. Terminó el sufrimiento del pueblo, por eso hay que cantar de alegría a todo dar. Es lo que proclamamos en el salmo responsorial: “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”. Es cierto que estamos envueltos en una lucha entre el bien y el mal. Pero la Palabra de Dios nos asegura que el bien triunfará sobre el mal, porque Dios mismo intervino para salvarnos.

La segunda lectura, dirigida a los cristianos de origen hebreo, nos dice que en el Antiguo Testamento Dios habló en distintas ocasiones y de muchas maneras al pueblo de Israel por los profetas, por ej. Amos, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Jonás y Juan Bautista, el último de los profetas. Pero en esta etapa final de la historia, Dios nos ha hablado por su Hijo, que es el heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo, o sea la creación; también su Hijo ha realizado la purificación de los pecados por medio de su muerte en la cruz. Por eso ahora está sentado a la derecha de Dios Padre en el cielo. En consecuencia, no tenemos que esperar otra revelación. En Cristo Dios se ha revelado plenamente al hombre. Nos dice san Juan: “A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. Eso sí, Dios espera de nosotros una respuesta de fe y de amor, como la de María.

El Prólogo del Evangelio de San Juan, que hemos escuchado en el evangelio de hoy, es quizás la obra teológica más profunda del Nuevo Testamento. Nos describe todo lo que ha hecho Dios por nosotros a través de distintas etapas.

Primero antes de la creación, sólo Dios existía. Pero Dios no era un Dios solitario, junto a él estaba su Palabra. “En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”.

Luego vino la segunda etapa: Dios estaba tan lleno de amor que quiso proyectar ese amor fuera de él, en seres distintos. Así es como realizó la obra de la creación; en esa obra la Palabra tuvo un papel importante. “Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho”. Esa Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre.

Después vino la tercera etapa: Dios se escogió un pueblo, el pueblo de Israel, tal vez el pueblo más duro, más terco, y le fue revelando progresivamente su proyecto de amor. “(La Palabra) vino a su casa, los suyos no la recibieron). Los profetas fueron rechazados, difamados, perseguidos, encarcelados, por su fidelidad a la Palabra de Dios. Pero dentro de ese pueblo había gente abierta a la Palabra de Dios: por ejemplo Zacarías, Isabel y su hijo Juan Bautista; María y José, los ancianos Simeón y Ana.

En la cuarta etapa, Dios envió a su Hijo entre nosotros: “Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. La Palabra de Dios se hizo hombre, nació niño en Belén de Judá, ha sido adorado y rodeado del amor de su Madre y de san José, de los pastorcitos de Belén, y luego ha sido homenajeado por los Magos.

La quinta etapa es la nuestra: “A cuantos recibieron (la Palabra de Dios), les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”. Este versículo subraya nuestra dignidad: no sólo somos seres humanos, también somos hijos de Dios por el bautismo. De la plenitud del Hijo de Dios todos hemos recibido gracia tras gracia de parte de Dios. “Porque la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo”.

Ya ven, hermanos, la Navidad tiene un sentido extraordinario. Dios se hizo hombre en Jesús, Dios se hizo nuestro amigo para redimirnos del pecado desde la propia humanidad de su Hijo. Cristo nos salva por su humanidad. Por eso, nos llama hermanos, y somos sus hermanos. En consecuencia, al celebrar la Navidad, hemos de rechazar el pecado, el consumismo, la avaricia, la injusticia, la explotación. El Señor nos invita a la gratitud, a la esperanza, a la generosidad, a la humildad y a hacer gestos de solidaridad y reconciliación. La Navidad es descubrir que Dios es Amor, y en consecuencia, vivir el amor de manera sencilla, paciente, generosa, en nuestra familia, en nuestra comunidad, en nuestra sociedad.

Aquí hago un llamado a los 3,000 jóvenes de la diócesis a quienes he dado el sacramento de la confirmación este año. Uds. son los testigos de Cristo, testigos de la Luz, testigos de la vida. Uds., con sus actos, con su compromiso, tienen que marcar la diferencia. Son la esperanza de este pueblo sureño. Con la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Panamá el mes próximo, todos los jóvenes recibirán un impulso que los llevará como María a decir: “He aquí el Servidor o la Servidora del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

A todos Uds., miembros del santo Pueblo fiel de Dios, a su familia, a sus amigos, a sus vecinos, también a los enfermos, a los privados de libertad, a los migrantes, les deseo una muy feliz Navidad. ¡Que en Uds. habite la Santísima Trinidad, y que estén llenos de la gracia y de la verdad del Hijo de Dios hecho hombre!