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Miremos el pesebre, dice el Papa Francisco


“Si nos tomamos un momento y solamente miramos en silencio el pesebre; seremos felices”, expreso el Papa Francisco al recibir en audiencia los empleados de la Ciudad del Vaticano con ocasión de los saludos natalicios.

CON EMPLEADOS DEL VATICANO I

El Papa ingresó al Aula y después de dispensar sus saludos a los presentes, inició su discurso agradeciendo a todos por su presencia. “Me gustó mucho saludar a las familias” – dice – pero ¡el premio es para la bisabuela de 93 años! Con la hija que es abuela, con los padres y dos niños. “¡Es bella la familia así! Y ustedes trabajan para la familia, para los hijos, para llevar adelante la familia. ¡Es una gracia! ¡Custodien a las familias!” – dijo.

Hablándoles  espontáneamente recuerda que hay algo que corrompe el ambiente de trabajo: las habladurías. “Por favor, no hablen mal de los demás, porque esto destruye la amistad, la espontaneidad”. Y exhorta de rezar por quien nos está antipático y a decir las cosas directamente, sin hablar a las espaldas. “¡Y cuando te viene ganas de hablar, muérdete la lengua!”

CON EMPLEADOS DEL VATICANO IV

A continuación compartimos el discurso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas,

Gracias por venir, muchos incluso con miembros de la familia. Me ha gustado saludar a las familias, pero el premio es para la bisabuela, de 93 años, con su hija, que es abuela, con sus padres y dos hijos. ¡Qué bonita es una familia así! Y vosotros trabajáis para la familia, para los hijos, para sacar adelante a la familia. ¡Es una gracia! ¡Custodiad a  las familias. ¡Y feliz Navidad a todos!
¡Feliz Navidad a todos!

La Navidad es una fiesta alegre por excelencia, pero a menudo nos damos cuenta de que la gente, y quizás nosotros mismos, estamos ocupados con tantas  cosas y al final no hay alegría o, si la hay, es muy superficial. ¿Por qué?

Me vino a la mente esa frase del escritor francés Léon Bloy: “Existe una sola tristeza, la de no ser santos” (La mujer pobre, ver Exort. Ap. Gaudete et exsultate, 34). Por lo tanto, lo opuesto a la tristeza, es decir la alegría, está vinculada a ser santos. También la alegría de la Navidad. Ser buenos, al menos tener el deseo de ser buenos.

Miremos el belén ¿Quién es feliz, en el belén? Esto me gustaría preguntárselo a vosotros, niños, a los que os encanta mirar las figuras … y tal vez incluso moverlas un poco, cambiarlas de sitio, haciendo que se enfade vuestro padre, ¡que las ha puesto allí con tanto cuidado!
Entonces, ¿quién es feliz en el Belén? La Virgen y San José están llenos de alegría: miran al Niño Jesús y son felices porque, después de mil preocupaciones, han aceptado este Regalo de Dios, con tanta fe y tanto amor. Están “rebosantes” de santidad y, por lo tanto, de alegría. Y me diréis vosotros: ¡Anda, claro! ¡Son la Virgen y San José! Sí, pero no pensemos que haya sido fácil para ellos: los santos no nacen, se hacen, y esto vale también para ellos.

Luego, también están llenos de alegría los pastores. También los pastores son santos, seguro, porque respondieron al anuncio de los ángeles, corrieron enseguida a la gruta y reconocieron la señal del Niño en el pesebre. No era obvio. En particular, en los belenes a menudo hay un pastor joven, que mira hacia la gruta con un aire de ensueño y encantado: ese pastor expresa la alegría asombrada de aquellos que acogen el misterio de Jesús con el espíritu de un niño. Este es un rasgo de la santidad: conservar la capacidad de maravillarse, de asombrarse de los dones de Dios, de sus “sorpresas”, y el regalo más grande, la sorpresa siempre nueva es Jesús. ¡La gran sorpresa es Dios!

Después, en algunos belenes, los más grandes, con tantos personajes, están los oficios: el zapatero, el aguador, el herrero, el panadero …, y tantos otros. Y todos son felices. ¿Por qué? Porque están como “contagiados” por el gozo del evento en el que participan, es decir, el nacimiento de Jesús. Por lo tanto, su trabajo también está santificado por la presencia de Jesús, por su venida entre nosotros.

Y esto también nos hace pensar en nuestro trabajo. Por supuesto, trabajar siempre tiene una parte de cansancio, es normal. Pero yo, en mi tierra conocía a alguien que nunca estaba cansado: fingía trabajar, pero no trabajaba. ¡No se cansaba, por supuesto! Pero si cada uno reflexiona sobre la santidad de Jesús, se necesita muy poco, un pequeño rayo, -una sonrisa, una atención, una cortesía, una disculpa-, entonces todo el entorno laboral se vuelve más “respirable”, ¿no es así? .Se disipa ese clima pesado que a veces los hombres y las mujeres creamos con nuestras arrogancias, los cierres, los prejuicios y se trabaja todavía mejor, con más fruto.

Hay algo que nos pone tristes en el trabajo y enferma el entorno laboral: es el cotilleo. Por favor, no habléis mal de los demás, no cotilleéis. “Sí, pero aquel me cae antipático, y ese otro …”. Mira, reza por él, pero no hables mal, por favor, porque destruye: destruye la amistad, la espontaneidad. Y criticar esto y aquello. Mira, es mejor guardar silencio. Si tienes algo contra él, ve y díselo directamente. Pero no hables mal. “Eh, padre, sale solo, el cotilleo …”. Pero hay una buena medicina para no hablar mal, os la diré: morderse la lengua. Cuando tengas ganas, muérdete la lengua y así no hablarás mal.

También en el lugar de trabajo existe “la santidad de la puerta de al lado” (ver Gaudete et exsultate, 6-9).También aquí en el Vaticano, por supuesto, y puedo atestiguarlo. Conozco a algunos de vosotros que son un ejemplo de vida: trabajan para la familia, y siempre con esa sonrisa, con esa laboriosidad sana, bella. La santidad es posible. Es posible.
Esta es mi sexta Navidad como obispo de Roma, y ​​debo decir que he conocido a varios santos y santas que trabajan aquí. Santos y santas que viven bien la vida  cristiana y si hacen algo mal piden perdón. Pero siguen adelante, con la familia. Se puede vivir así. Es una gracia, y es tan bonito. Por lo general, son personas a las que no les gusta lucirse, personas simples, modestas, pero que hacen mucho bien en el trabajo y en las relaciones con los demás. Y son gente alegre; no porque siempre se rían, no, sino porque tienen una gran serenidad en su interior y saben cómo transmitirla a los demás. ¿Y de dónde viene esa serenidad? Siempre de él, Jesús, el Dios con nosotros. Él es la fuente de nuestra alegría, tanto personal como familiar, como en el trabajo.

Así que mi deseo es este: sed santos, para ser felices. ¡Pero no santos de estampita! No, no. Santos normales. Santos y santas de carne y hueso, con nuestro carácter, nuestras faltas, incluso nuestros pecados, -pedimos perdón y seguimos adelante- pero listos para dejarnos “contagiar” de la presencia de Jesús en medio de nosotros, listos para correr hacia él, como los pastores, para ver este evento, esta increíble señal que Dios nos ha dado. ¿Qué decían los ángeles?:  “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo” (Lc. 2, 10). ¿Iremos a verlo? ¿O estaremos ocupados  con otras cosas?

Queridos hermanos y hermanas, no tengamos miedo de la santidad. Os lo aseguro, es el camino de la alegría. ¡Feliz Navidad a todos!