Caminar Punto de Vista

Vida trascendente

Necesitamos asentarnos y encontrarnos para, luego de reconocernos como hijos de Dios, revisar nuestro entorno y aceptar los caminos recorridos.

José Nelson Durón V.
Columnista
El sentido de la vida nos es aclarado por las apreciaciones que realizamos en el entorno en que nos desenvolvemos y desde las actitudes o respuestas que adoptamos. De ahí surgen nuestras creencias y la diversidad de comportamientos ante la vida, el prójimo y ante Dios. Necesitamos asentarnos y encontrarnos para, luego de reconocernos como hijos de Dios, revisar nuestro entorno y aceptar los caminos recorridos. Solo así es posible discernir el profundo significado de la existencia, de nuestra historia y de la trascendencia intuida, que claramente nos explica el Señor. Cuando se ponen tiernos de nuevo nuestros años y avanza el verano de la edad, es tiempo propicio para aceptar con gozo que a la vuelta de la esquina “muchos de los que duermen en el polvo, despertarán: unos para la vida eterna, otros para el eterno castigo”, como dice Daniel, el profeta apocalíptico escritor de visiones del siglo II a. c. (en el AT dormir es morir); este párrafo describe, más que sugiere, un período ineludible de purificación de las almas. Las almas buenas aferradas a lo terrenal por sus culpas y arrepentimientos despertarán a la gloria de Dios.
El Señor Jesús corrobora esta esperanza al expresar que, después de días de tribulación, vendrá Él sobre las nubes, con gran poder y majestad, para recoger desde los cuatro puntos cardinales a Sus elegidos, que fueron fieles y se mantuvieron firmes en su fe y en la certeza de su salvación. El Señor no sugiere; afirma que “Él enviará a sus ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo”, dejando por sentado que ese período de purificación es necesario, porque ““Nada manchado entrará en ella, ni los que cometen maldad y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.” (Apo. 21,27). También dice el Señor: “Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse. Nadie conoce el día ni la hora. Ni los ángeles del cielo ni el Hijo; solamente el Padre”.

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