Buenas Nuevas

“No estás lejos del Reino de Dios”

Palabra de vida |“No estás lejos del Reino de Dios”
El rito y la oración no tienen sentido si no van acompañados también por la fe, por el amor, por la vida justa. Los dos amores por Dios y el prójimo deben enlazarse en la existencia y en las continuas elecciones morales.

Tony Salinas Avery
Sacerdote
Queridos lectores, nos estamos aproximando al final del Año Litúrgico, y con él a la solemnidad de Cristo Rey del Universo, con el cual lo cerramos. Por eso estamos escuchando cada vez más y más, la importancia de entrar en el Reino de Dios. El domingo pasado un ciego reconoce a Jesús, hijo de David, es decir “Rey”, hoy la Jesús que le asegura al letrado no estar lejos del Reino.
La perícopa inicia con la típica pregunta rabínica ¿Qué mandamiento es el primero de todos? Se trata de sacar el primero de los 613 mandamientos tomados del judaísmo dentro de la ley bíblica. La escala de importancia dependía de la escuela a la que se pertenecía en el tiempo de Jesús. En este caso el propio Jesús responde enlazando dos pasajes del Antiguo Testamento, ambos marcados por el verbo “amar”. El primero es el comienzo del célebre pasaje llamado ‘Shema’, “¡Escucha!”, de la primera palabra hebrea. Se encontraba en el c. 6 del Deuteronomio; era recitado por todo hebreo por la mañana y por la noche, y también estaba escrito en un rollito colocado dentro de las llamadas filacterias, esas pequeñas bolsas de cuero que los israelitas llevaban en la frente y sobre el brazo cuando rezaban. El texto, es pues, un himno al amor total, personal, exclusivo por Dios, es el canto de la fe pura y del abandono confiado de todo el ser al Señor.
Seguidamente Jesús le agrega un segundo mandamiento tomado del capítulo 19 del Levítico que imponía como regla de oro de la moral el amor al prójimo en la forma más total y personal (“como así mismo”). El letrado parece haber comprendido muy bien a Jesús, al punto que agrega que “amar a Dios… y al prójimo… vale mucho más que todos los holocaustos y sacrificios”. Dicho así, seguramente recoge el centro del mensaje profético, que incluso Jesús afirmaría, es el caso de Oseas: “quiero amor y no sacrificios” (6,6). El rito y la oración no tienen sentido si no van acompañados también por la fe, por el amor, por la vida justa. Los dos amores por Dios y el prójimo deben enlazarse en la existencia y en las continuas elecciones morales.

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