Caminar

Mirada que llama

Mirada que llama
El Señor Jesús dedica una de las miradas más amorosas que describe el Evangelio al joven que se acerca, y le afirma. “Solo una cosa te falta: ve y vende lo que tienes… Después, ven y sígueme”

José Nelson Durón V.
Columnista

El hermano Roger, de Taizé, dice: “es a través del corazón, en las profundidades de sí mismo, que el ser humano comienza a comprender el Misterio de la Fe… Hoy más que ayer, nos adentramos en la fe avanzando por etapas”. Y ciertamente que en el caminar es donde se forja el hombre, conjugando fe y razón en la medida que ambas se asoman al umbral de su corazón y su existencia comienza a poblarse de misterios a ser explicados, por sobre la embriaguez continua del desinterés, incuria y desaseo espirituales. Todos los tiempos han sido y serán propicios para invocar el espíritu de sabiduría, cuyo “esplendor nunca se acaba”. En la súplica, dice el Libro de la Sabiduría, es concedida la prudencia y al invocar viene el espíritu de sabiduría, que vale más que la piedra más preciosa.
Prudencia y sabiduría necesitamos en todo momento, pues el espíritu enemigo otea oportunidades para tentar y hacer caer. La opinión ajena debe ser objeto de respeto y las intenciones el sagrario de la intimidad que la produce, para que la convivencia sea fruto del diálogo, cuyo interés debe ser el bien común; no hay otra razón para el diálogo, pues en su ausencia se convierte en plática. Los grandes hombres de la historia debieron tomar sobre sus hombros responsabilidades trascendentes que, lejos de oportunidades egoístas, forman parte del curso de la historia de sus países y de la humanidad. He ahí la grandeza. Por lo demás, “todo queda al desnudo y al descubierto ante los ojos de aquel a quien debemos rendir cuentas”, dice la Carta a los hebreos. El Señor Jesús dedica una de las miradas más amorosas que describe el Evangelio al joven que se acerca, y le afirma. “Solo una cosa te falta: ve y vende lo que tienes… Después, ven y sígueme”. Pero pudo más su tristeza por la pérdida de lo temporal que la eternidad que el Maestro le ofrecía; la desidia valió más que la mirada de amor de Jesús; más que Su comprensión del enorme peso que le ataba. El Señor Jesús así nos mira a todos, ¿cuántos responderemos a Su mirada y a Su llamado?