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Caminar y encontrar

Tener fe es adherir nuestro ser a una persona: Jesucristo y decirle amén a Dios, dejándole ser Dios de nuestras vidas, dándole las espaldas a líderes e ídolos humanos centrados en sí mismos.

José Nelson Durón V.
Columnista
Si el despertar es involuntario, levantarse es un acto de fe. Si dar el primer paso es vencer perezas, inseguridades y decisiones, caminar es heroísmo; un lanzarse a las vicisitudes del nuevo día con los ojos cerrados, sin esperanzas primeras y estímulos vigorizantes. Para quien no tiene metas próximas previstas, caminar, aunque no lo piense, es avanzar a tientas, como hace un ciego a plena luz del día con un bastón que, mediante toques sencillos y pequeñas intuiciones, pone en su alma la esperanza de que el próximo paso no le lanzará al vacío, ni les expondrá a golpes, a caídas o a la muerte. Caminar es despertar, avanzar y esperar, con desconocida confianza en el Invisible empuje que le impulsa. El libro del Génesis (12,1) narra el llamado de Dios a Abraham: “Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré”; igual sucedió con los campeones de la fe que describe la Carta a los hebreos (11); igual sucede con todo aquel que, aunque con incertidumbres, vive y camina con el alma desnuda de violencias, intereses y malas intenciones.
En este caminar encontramos voces que se abrogan títulos, ministerios y llamados; algunos hasta el derecho de hablar por Dios; otros han robado, se han enriquecido y han entrado en la casta que Santiago denuncia hoy. Aunque la sociedad se hubiese convertido en un circo de payasos, es nuestra obligación trabajar seriamente por un mundo mejor para todos y solo podremos lograrlo limpiando nuestros partidos y escogiendo únicamente a los adecuados. Vivir cristianamente, es decir, imitando las vibraciones del alma del Señor ante la injusticia y el sufrimiento. Tener fe es adherir nuestro ser a una persona: Jesucristo y decirle amén a Dios, dejándole ser Dios de nuestras vidas, dándole las espaldas a líderes e ídolos humanos centrados en sí mismos. “El creyente que se entrega salta por encima de procesos mentales, alcanza a Dios y, así, Dios se transforma en certeza” (I. Larrañaga).