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Tradiciones humanas

El Señor Jesús denuncia las tradiciones humanas que, en lugar de acercar más los hombres a Dios, los encadena a la mentira y a la vida fácil a costillas del otro, incapaz de propiciar la práctica religiosa.

José Nelson Durón V.
Columnista
La corrupción tiene hondas raíces hincadas en la tradición mental de nuestro pueblo: el político tiene que ser deshonesto, vivir en el lujo, abusar del poder impunemente, retorcer las leyes a su antojo y, entre otras cosas más, vivir con lo brazos cruzados ante la necesidad del pueblo. Ha sido tradición, por ejemplo, comprar la candidatura por la certeza de sobre sueldos una vez en el cargo. Verbi gratia las asignaciones presupuestarias en el Congreso, partidas confidenciales y tantas otras. Hoy, que por fin se ven denuncias y algunas intenciones de castigar algunos casos, se intensifican los movimientos para conservar esas tradiciones depravadas para continuar con el abuso partidario, gremial o mafioso.

En manera similar actúan los que hacen de la religión un negocio o una práctica tradicional de negocios, a tono con el más depurado fariseísmo y al ritmo del cumplo-y-miento, fundamentado en el masoquismo de un pueblo que idolatra personajes de una calaña que da miedo. Bigotes, futbol, sombreros, puros, caballos, guayaberas, rancheras y otras barrabasadas, unidas a una desvergüenza rayana en el delito y celebrada por compinches chupasangre y testaferros depravados, bastan para el continuismo en la preferencia general. El Señor Jesús denuncia las tradiciones humanas que, en lugar de acercar más los hombres a Dios, los encadena a la mentira y a la vida fácil a costillas del otro, incapaz de propiciar la práctica religiosa “que ayuda a purificar y convertir el corazón, pero no por arte de magia y encantamiento”, sino con un cambio en el estilo de vida, para que el pueblo honre a Dios no sólo con los labios, sino con el corazón”.

El Evangelio de san Marcos, no solo por ser el más corto, tiene características que le confieren un mensaje especial: de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, robos, homicidios, adulterios, fraudes, desenfreno… Esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro (Mc 4, 20-23). Jesús sitúa la causa de la maldad del hombre en el centro del corazón.