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La misión

La misión
José Nelson Durón V.
Columnista
La condena más brutal que pueda imaginarse; es asesinar la pureza; decirle a Dios que no, que está equivocado, porque Su obra no está muy buena.
Nuevamente la maquinaria de los grandes negocios parece moverse para que se apruebe en Honduras el aborto, la pena de muerte contra inocentes sin derecho a defensa; inapelable y grosera.

La condena más brutal que pueda imaginarse; es asesinar la pureza; decirle a Dios que no, que está equivocado, porque Su obra no está muy buena. Es creer el susurro del diablo que dice: ¡serás como Dios! ¿Así se sentirán al promoverlo? Yo no voté para que un grupo tuviera el poder de dar el derecho de asesinar personas brotadas de la fuente de la Vida, que, imaginándolos, los creó; por ello y en pleno ejercicio de mis derechos afirmo y exijo de la manera más enfática que las acciones en el Congreso, todas, sean con consignación de nombres, para saber a quien reclamarle. El funcionario elegido es un empleado y nosotros sus jefes; fue electo y enviado con una misión y es hora ya de exigirles cumplirla.
El Señor Jesús nos habla hoy de la urgente misión a que llama la Iglesia en nombre Suyo, el desarraigo de su patria, familia, haberes y preferencias, el descubrimiento del otro y el despojo de los propios intereses, para que se encuentren la misericordia y la verdad, se besen la justicia y la paz; para que la fidelidad brote de la tierra y la justicia venga del cielo (Sal 85,11-12). Es incontable la lista de misioneros lanzados en la selva del mundo para hacerla habitable para los hijos de Dios, a quienes, imaginándolos, creó en el seno de cada madre desde todos los tiempos, para ser herederos de la eterna alabanza, inmersa en el misterio de Su santa voluntad. Ve y difunde el mensaje de la Vida; administra el Sacramento de la Eucaristía, signo eficaz de eterna salvación; perdona en mi nombre los pecados; bautiza a todos en el nombre de la Divina Trinidad; todo lo que la Iglesia ate en la tierra yo lo ataré en el cielo y desataré lo que desate; acompáñalos en sus enfermedades y enjuga sus lágrimas y al terminar el día sacude el polvo de tus cansados pies y yo estaré contigo todos los días, hasta el fin de todas las cosas. Te amo, hijo mío.

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