Buenas Nuevas

“En el nombre…”

“En el nombre…”
Tony Salinas Avery
Sacerdote
La palabra “misterio” se basa en el verbo griego múein, “cerrar los labios”, “callar”. Para la Biblia aunque Dios es trascendente manifiesta que ha sido el propio Dios que ha querido “revelarse”, dejar que el hombre pueda irrumpir en el silencio de su realidad que oculta su misterio.

El hombre puede llegar a conocer a Dios, porque este mismo Dios, ha querido venir a su encuentro, a través de “pruebas, signos, prodigios, batallas, con mano poderosa y brazo extendido”, como afirma la primera lectura de esta Solemnidad de la Santísima Trinidad (cf. Dt 4,32-39.40). Asegurando además que nuestro Dios “el Señor es Dios allá arriba en los cielos y aquí abajo en la tierra” (v.39). Con la liturgia de la Palabra de este domingo, entramos a exaltar esta revelación nueva del misterio divino, que afirma que Dios es familia divina: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Señalamiento categórico con que termina el evangelista Mateo su obra al decir, que hay que bautizar en el nombre de Dios que es Trino.
Con los textos sagrados que se escuchan en la liturgia eucarística de este día, la Biblia no enseña que Dios no nos rechaza en su Misterio divino, en nuestros pequeños intentos por sumergirnos en su luz infinita. Por lo tanto, no debemos considerar a Dios sólo como objeto de discusión filosófica y teológica, no debemos sólo hablar de manera desapegada y fría de Dios y de la Trinidad. Debemos también hablar con Dios en un diálogo de intimidad y de vida que Él mismo ha inaugurado en su Hijo Jesucristo.
Con esta maravillosa fiesta de hoy que debemos de vivir cada día, se nos invita a ir por el mundo a anunciar esta maravillosa verdad que nos salva, es un “amaestrar” de la versión de Mateo, que su original griego se traduce como hacer “discípulos”. Y en el lenguaje de Mateo el “discípulo” es por excelencia el cristiano. La Iglesia tiene la misión de bautizar en el nombre de la Trinidad, introduciendo a la criatura humana en la vida y en la intimidad divina. Para eso somos bautizados, para ser hijos de Dios en el seno de su Santísima Trinidad.

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