Caminar

El espíritu y los hijos de Dios

El espíritu y los hijos de Dios
José Nelson Durón V.
Columnista
T eófilo de Antioquía (180 d. C.) utilizó la palabra trías, cuya traducción latina es trinitas, para referirse a la Santísima Trinidad; ésta aparece por primera vez en un Credo por el año 265 y después fue de uso general.

Es evidente que el Señor Jesús fue paulatinamente enseñando a sus discípulos sobre este misterio tan profundo, que concluye con el mandato del bautismo a todas las gentes “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19); misterio difícil de entender incluso veinte siglos después, cuando ha habido tanto avance en la teología. Tertuliano (160-220 d. C.) afirma: “Si Dios no es uno solo, no hay Dios”, porque no es posible la existencia de otro Dios infinito y que lo abarca todo sin interferirse y limitarse entre sí (W. Kasper). El uso de la conjunción “y” entre cada una de las personas enfatiza la naturaleza distinta entre ellas y no debería evitarse por corrección lingüística. La unidad en la familia trinitaria es de esencia y se trata de una característica cualitativa, no cuantitativa, a tono con el libro del Deuteronomio (4,39; 6,4) que ya establecía: Yahvé es uno y único. La unidad en la Santa Trinidad es de perfección, sabiduría, naturaleza. Muchas confesiones en el transcurso de la historia fundamentan el dogma y la doctrina trinitarias de la Iglesia, que es “el pueblo congregado en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Cfr. Lumen Gentium 4. Vaticano II).
Dice san Pablo: “Hermanos: Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios” en una manifestación de obediencia, fe y esperanza, en abandono total de los eslabones que moderan y hasta atan la voluntad humana a las cosas temporales que debilitan, y hasta apagan, la confianza que tienen los hijos por el santísimo Dios que, en su condición de Padre nos crea, protege y espera; como Hijo nos redime, perdona, guía, llama y conduce a la Casa Paterna con la ayuda del Espíritu Santo, que ilumina, enseña, enamora y hace enamorar, para que el Reino del amor, de la paz y de la alabanza eterna se vaya construyendo desde esta tierra.

A %d blogueros les gusta esto: