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El Espíritu Santo y la Iglesia

El Espíritu Santo y la Iglesia
José Nelson Durón V.
Columnista
Un escrito de 1,515 del filólogo holandés Erasmo bastó para que Lutero, en su deseo de combatir a la Iglesia, escribiera: “Aquello que no favorece el conocimiento de Cristo, no es apostólico, aunque lo diga Pedro o Pablo; en cambio aquello que predica a Cristo, es apostólico, aunque lo diga Judas, Anás, Pilato y Herodes” (Prólogo a las epístolas de Santiago y Judas).

En 1,534 toma la santa Biblia en el Monasterio de Wittenberg y, abrogándose una autoridad inexistente, para desacreditar e injuriar al papado y a la Santa Sede romana, tradujo al alemán el Nuevo Testamento de la Vulgata Latina, sin ser especialista y “de forma literal y dar a muchas de las frases originales de las Sagradas Escrituras, unos giros diferentes de los tradicionales, obligándole a introducir términos que no se correspondían con los textos originarios… con lo que la Palabra de Dios adquiría un sentido sospechosamente subjetivista… En cuanto a los libros del Antiguo Testamento, utilizará el mismo procedimiento arbitrariamente selectivo de aceptarlos o rechazarlos, según coincidan o no, con sus propias interpretaciones teológicas” (Lutero y la Biblia, por Lluís Pifarré). Quita libros al AT y manifiesta incluso que el evangelio de san Juan y las Cartas de san Pablo y la 1ª de san Pedro son suficientes y “la Carta de Santiago es pura paja”.
Contrasta con: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía que se expresaran”, realidad que ha acompañado y acompañará por siempre a la Iglesia. Y es que el cristianismo ha entrado en una nueva dispersión a imagen del pueblo judío. La dispersión y separación causada por el protestantismo secuestra las almas más necesitadas del amor de Dios, pues la oferta de sustitutos se magnifica desde el momento que la humanidad ha aceptado la universalización de la vocación y la generalización del ministerio. La superficialidad ha reemplazado la verdad, todo está bien, todo es válido, todo viene de Dios, aunque no sea auténtico.

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