Reflexión

A la luz del Maestro

A la luz del Maestro I
Juan Ángel López Padilla
Sacerdote
Una de las mayores genialidades de la exhortación apostólica del papa Francisco, “Gaudete et exsultate”, es la de haber recuperado para todos, el llamado universal a la Santidad, pero, no solamente esto es lo genial sino el que haya colocado de nuevo sobre el tapete que esto de la santidad es un camino de felicidad. “La palabra «feliz» o «bienaventurado», pasa a ser sinónimo de «santo», porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (GE 64).
A veces nos hemos hecho la idea que los santos son personas aburridas, enojadas, serias y de “pocas pulgas”. Nada más alejado de la voluntad del corazón alegre de Dios.
Nuestra vida en Dios, es un camino que desemboca en la felicidad porque para promover amarguras ya tenemos a los politiqueros de nuestro patio, a los agentes de justicia que piensan que somos un grupito de niños que no sabemos distinguir entre un funcionario y un simple mortal. Amarguras también vivimos cuando vemos perder vidas valiosas, como las de esos tres bomberos que han muerto, en los últimos días, por cuidar de nuestro patrimonio natural. Amarguras tenemos de sobra cuando vemos que crece la confrontación y la palabra dialogo está sólo en el diccionario entre las palabras frustración e impotencia.
Así que presentar la santidad como un proyecto de felicidad en un momento que pareciera resaltar muchísimo más los sinsabores que las alegrías, es fundamental.
Por eso, como lo hace el Papa, partir de la vivencia de las bienaventuranzas como camino de santidad es sumamente osado en una sociedad en la que la alegría se ha reducido a un sinónimo de placer corporal, reducida a afectos que hoy son y mañana, no.
¿Imagínense la cara que pondrían los dueños de este mundo si alguien se atreviera a decirles que, para ser felices, deben ser “pobres de Espíritu”? ¿Qué pueden entender de felicidad los que creen que sus riquezas o el poder son la fuente de su realización plena, de su felicidad?
La pobreza de Espíritu es imprescindible para quién quiere ser feliz, para quién quiere ser santo. Es más que evidente que la felicidad la obtiene quién tiene libertad interior y cargados de cosas, de nosotros mismos, es prácticamente imposible llegar a ello. Esa libertad es esencial para la santidad porque recorrer los caminos de Dios obliga hacerlo con la mirada puesta en Él. Quién se apoyo mucho en los medios, terminará teniendo como único fin o como fin primordial sus seguridades cuantificables. Por eso los corruptos son siempre esclavos y aunque estén fuera de una cárcel, viven en una prisión más torturante aún porque saben que tienen sus horas contadas, o en esta vida o en la venidera. Nadie que peca, que se corrompe, puede ser feliz. O somos pobres de espíritu o no seremos santos.