Editorial

¡Ha resucitado!

Editorial del Domingo 1 de Abril de 2018

¡Ha resucitado!
San Pablo expresó la victoria de Jesús, sobre el pecado y la muerte, con esta frase lapidaria “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”.

Con lo cual señalaba que la resurrección de nuestro Señor es el fundamento de la fe cristiana. Es la señal inequívoca, de que el Padre Celestial encontró satisfactorio, el sacrificio realizado en la cruz, para la salvación de toda la humanidad..
La Resurrección de Jesús, significa que Él permanece vivo entre nosotros, y que ya no muere más. Significa que acompaña a todos los fieles en el transcurso de la historia para hacer posible la instauración de su reino:” de amor, justicia y paz”, en todas las culturas.
Quienes han tenido un encuentro personal con Jesús dan testimonio fiel de que Él vive. Que Él guía sus vidas. Y que han encontrado el gozo de saber que su vida tiene sentido eterno, y tienen la certeza de poder alcanzar la felicidad que nunca termina..
Quienes conocen al resucitado, son hombres y mujeres que conviven entre nosotros, y que consagran su existencia a vivir en una profunda comunión con Dios y que no tienen ningún otro propósito más que ponerse al servicio del bien, ayudando a su prójimo en todas sus necesidades.
Esa presencia de Jesús en la vida de los fieles es lo que les confiere la fortaleza requerida para soportar las enfermedades, las dificultades y las tribulaciones de la existencia. Las cuales sin la fuerza que reciben del Resucitado, podrían caer en la desesperación.
Esa experiencia de vida, surgida desde la Resurrección de Jesús, es lo que constituye la esencia de la celebración litúrgica en la Iglesia, durante los próximos cincuenta días.
Desde hoy ¡Domingo de Pascua! hasta el ¡Domingo de Pentecostés!, la alegría de tan grande acontecimiento, ha de vivirse como si se tratara de “un solo y prolongado día”, eso es el tiempo Pascual, un largo tiempo litúrgico, que se vive con espíritu de fiesta.
Es un tiempo de celebración espiritual en el cual, además sobresale la presencia del Espíritu Santo, que ilumina la experiencia de los Apóstoles en la Resurrección de Jesús. La fuerza del Espíritu Santo los impulsa a la formación de las Primitivas Comunidades Cristianas que dan surgimiento a la Iglesia. Y a partir de estas experiencias de fe, se va conformando el “depósito de la fe” que orienta hacia la vida eterna, a quienes han puesto su existencia en las manos del Señor Jesús.
Así, a través de los siglos marcha la Iglesia de Cristo, el pueblo de Dios, conduciendo a sus fieles hacia una vida trascendente. Una vida que no se agota en determinados años de una existencia terrenal, sino que ha de perdurar por toda la eternidad.
La Resurrección de Jesús es la muestra de la eficacia de la misión que le confió el Padre Celestial. En efecto, durante el sacrificio de la cruz Jesús redimió a todos los hombres. Para ello asumió sobre su humanidad santa, los pecados de cada hombre y mujer, y que de esa manera pudieran alcanzar el perdón y la reconciliación con Dios.
El perdón de los pecados y la vida eterna, para toda persona, son los frutos del sacrificio cruento de la Pasión y Muerte de Jesús. Jesús fue víctima de una violencia tan extrema, caracterizada por estar llena de odio e injusticia, pero que supo soportar valerosamente por amor a quienes tendrían la posibilidad de encontrar en sus vidas, el don de la salvación eterna. La posibilidad de vivir para siempre.
Tal como era el deseo de su Padre Celestial, quien según su Palabra revelada, ha querido la salvación del pecado y de la muerte para todos los hombres. Y que además todos lleguen al conocimiento de la verdad. Precisamente para eso, cada cristiano, debe tener en su mente y en su corazón la presencia de Cristo Resucitado, Señor y Salvador de todo lo creado. Como lo expresara el Señor Jesús: “Yo estaré con Ustedes todos los días…hasta el fin del mundo”

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