Homilia

Homilía del Señor Arzobispo para el Viernes Santo

Homilía del Señor Arzobispo para el Viernes Santo
Las lecturas de este Viernes Santo se centran en el misterio de la Cruz. Misterio que no alcanzamos a agotar o a comprender plenamente, por más que reverentemente nos acerquemos a él.

Sin embargo, hay un elemento común: todo lo que aquí tiene lugar es “a favor nuestro”. Todo lo que tiene lugar es expresión del maravilloso plan de salvación de Dios que ha hecho cosas grandes en favor de los hombres. El siervo de Yahveh de la primera lectura, prefiguración de Cristo, sufre como víctima por su pueblo. “El castigo que nos trae la paz cayó sobre él y por sus llagas hemos sido curados”. El sumo sacerdote de la carta a los Hebreos, en la segunda lectura, se ofrece en medio de lágrimas y angustias y se convierte así en autor de nuestra salvación. El Rey de los judíos que nos muestra la pasión de San Juan “cumple en favor de los hombres todo lo que estaba de él escrito en la Sagrada Escritura”.
Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre. En el cuarto cántico del siervo de Yahveh leemos: “Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca”. Queda patente pues es la libre decisión del siervo de ofrecerse en rescate por sus hermanos. Jesús, prefigurado en el cántico, acepta de modo libre y voluntario la misión que le ha correspondido en la salvación de los hombres. Podemos decir que hay un perfecto “acuerdo” entre el amor del Padre y su designio redentor, y el amor de Cristo y su plena disponibilidad al sacrificio.
“Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, “los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1) porque “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17_18; 4, 15; 5, 7_9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente” (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4_6; Mt 26, 53). (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica 609).
“El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas nos dijo San Juan Pablo II que -, no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos. Mientras se identifica con nuestro pecado, «abandonado» por el Padre, él se «abandona» en las manos del Padre. Fija sus ojos en el Padre. Precisamente por el conocimiento y la experiencia que sólo él tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad ve límpidamente la gravedad del pecado y sufre por esto. Sólo él, que ve al Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir con el pecado a su amor. Antes aun, y mucho más que en el cuerpo, su pasión es sufrimiento atroz del alma…
Jesús es entregado según el designio de Dios. Es un misterio el designio de Dios por el que Jesús es entregado al sufrimiento y a la muerte. “La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar, en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica San Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: “fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios” (Hch 2, 23).
Jesús es entregado según el designio de Dios, pero Jesús, al mismo tiempo hace oblación de sí mismo. Nadie le quita la vida, él la da por sí mismo. He aquí el “acuerdo” pleno de voluntades: la voluntad del Padre, la voluntad del Hijo.
Es necesario que cada cristiano descubra en su propia vida el “designio preciso de Dios”, que lo medite en su corazón, que se adentre en la voluntad salvífica del Padre y que, como Cristo, preste su pleno consentimiento a la misión que se le encomienda. Cada uno tiene su tarea en la vida, tiene su misión que debe cumplir. Misión difícil, pero que, si se realiza mirando a Cristo e imitándolo, se convierte en misión fecunda y plena de satisfacciones. No temamos la cruz que el Señor nos regala, pues es una cruz de amor. No temamos los golpes de Dios, pues son golpes de amor.
Tenemos que cumplir la propia misión en el amor. La contemplación de Cristo muerto en cruz nos confunde, pero al mismo tiempo nos introduce en el amor y en el sentido de la propia existencia. Mi vida vale el cuerpo y la sangre del Hijo de Dios; mi vida ha sido objeto del increíble amor del Padre de las misericordias. Por eso, mi vida tiene un valor en la historia de la salvación. Como cristiano he sido injertado en el misterio de Cristo y voy reproduciendo día a día los misterios de Cristo, como diría San Juan Eudes:
“El Hijo de Dios quiere llevar a término en nosotros los misterios de su encarnación, de su nacimiento, de su vida oculta, formándose en nosotros y volviendo a nacer en nuestras almas por los santos sacramentos del bautismo y de la sagrada eucaristía, y haciendo que llevemos una vida espiritual e interior, oculta con él en Dios. Quiere completar en nosotros el misterio de su pasión, muerte y resurrección, haciendo que suframos, muramos y resucitemos con él y en él”.
Así pues, injertados en Cristo, por el bautismo, vamos reproduciendo con nuestra vida su misterio, vamos completando en nosotros lo que falta a la pasión de Cristo. ¡Que nadie se sienta excluido! ¡Que todos hoy percibamos el valor de nuestra vida cristiana escondida con Cristo en Dios! La contemplación de la cruz debe ponernos nuevamente en pie y por los caminos de la misión pues Cristo en cruz nos ha asociado a su misterio de cruz y a su gloriosa resurrección.
Este Viernes Santo lejos de ser un simple recuerdo, se repite en la vida del mundo todos los días, el hombre y la mujer de hoy siguen siendo crucificados por los vicios, tales prácticas los conducen al sepulcro de su propia muerte, pues cerrando sus oídos a la voz del Señor han preferido la muerte a la vida; en el mundo, la vida misma camina con miedo rumbo al calvario, pues quienes se creen dueños de la misma la mutilan día a día como si fuera una mercancía barata digna de ser tratada como basura; no podemos decir que el Viernes Santo ya ha pasado, la sangre derramada por Jesús se sigue derramando ahora y con más fuerza; la muerte del justo se repite en el aquí y en el ahora de nuestro acontecer cotidiano, mueren padres de familia, mueren madres de familia y se asoman entonces los hijos huérfanos gritando con desesperación en medio de la soledad de sus vidas a ejemplo de Jesucristo clavado en una cruz: “Dios mío, porqué nos has abandonado”, asistimos hoy a la muerte del mundo entero, carente de vida porque ya no cree en Dios, su desprecio pertinaz lo ha convertido en un cadáver que huele mal porque el aroma de Dios se ha extinguido.
Oremos por el mundo, por nuestra conversión y la de todos los hombres que pueblan el mundo entero. Ante la Cruz de Cristo, nuestra oración, igual que nuestra contemplación tienen un gran sentido de intercesión y de expiación, Amén.