Arquidiócesis

Homilía Misa Crismal

Homilía Misa Crismal
Pocas celebraciones litúrgicas tienen un simbolismo tan rico y un significado tan hondo como la Misa Crismal. En ella consagramos el santo crisma, bendecimos el óleo de los catecúmenos y de los enfermos, confesamos a Jesucristo como sumo y eterno sacerdote, profeta y Rey, y revivimos la última Cena del Señor.

Jesús nos invita a sentarnos a la mesa con Él cuando nos dice: “Ardientemente he deseado comer con Ustedes esta Pascua antes de padecer” (Lc 22,15). Yo también les invito, queridos hermanos sacerdotes, a sentarse a la mesa con Jesús.

En ella está nuestro comienzo. El Cenáculo es el solar bendito en el que nace el sacerdocio del que nosotros participamos por la acción del Espíritu Santo, el aceite que una vez más vamos a consagrar en esta Eucaristía, y la imposición de manos del Obispo. Participemos con emoción en la sobremesa de Jesús. El Señor no tiene prisa y nos abre su corazón. Escuchemos sus palabras: “Ya no les llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. A Ustedes les llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre, se los he dado a conocer” (Jn 15,15). Jesús nos hace esta confidencia alentadora en el mismo instante en que nace nuestro sacerdocio. Esto quiere decir que el don inmenso que el Señor nos ha regalado no se puede vivir responsablemente si los sacerdotes no somos los íntimos de Jesús, los mejores amigos del Señor.
Jesucristo, queridos hermanos sacerdotes, “el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra” (Apoc 1,5), debe ser nuestra única pasión, el centro de nuestros pensamientos, el norte de nuestros anhelos, el bálsamo de nuestros sufrimientos, el nombre que nunca debería desaparecer de nuestros labios. Nuestro ministerio es Él, porque es Él quien bautiza cuando nosotros derramamos el agua sobre los neófitos, quien perdona los pecados cuando nosotros absolvemos y es su cuerpo el que hacemos presente con nuestra palabra cuando celebramos la Eucaristía. Sin Cristo, nuestro ser y nuestro ministerio se desvanece y carece de consistencia. Necesitamos tratarlo sin prisas cada día. En la oración serena de cada mañana, en la adoración silenciosa ante el sagrario, Jesús aniquila nuestra soledad, rompe nuestro individualismo y autosuficiencia, construye nuestra fraternidad, alienta nuestro ardor apostólico y llena hasta el borde nuestro corazón y nuestra capacidad de amar.
Como los Apóstoles, hemos sido elegidos para estar con Él y para enviarnos a predicar (Mc 3,14), para convivir con Él, para tocar con nuestras manos su Cuerpo sacrosanto, para compartir con Él la existencia, el camino, la tarea y el cansancio, para confesarlo delante de los hombres cada vez con mayor profundidad y emoción. La misión sólo tiene garantía de eficacia si nace de la unión con Él. El sarmiento es estéril si se separa de la vid. Es la experiencia de San Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil 4,13). La calidad de nuestra misión arranca de nuestra comunión profunda con el Señor, mientras que la caída de nuestra tensión apostólica es signo de una amistad enferma, debilitada o mortecina. El Papa Francisco en sus homilías de Santa Marta no cesa de instarnos a salir a las periferias, a fortalecer nuestro compromiso apostólico y misionero. Pero previamente nos exhorta a permanecer en el amor de Cristo, contemplado largamente en la Eucaristía, creída, celebrada y adorada, porque sería una locura prescindir de Él.

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, muy queridos seminaristas, que participan en esta celebración que es también de Ustedes: en los tiempos duros que estamos viviendo no cabe el derrotismo ni la desesperanza si estamos arraigados en el amor y la amistad con el Señor. A pesar de la secularización que reseca las raíces cristianas de la sociedad; a pesar del desfondamiento moral que penetra por todas las rendijas de la vida social; a pesar del alejamiento y la indiferencia de una parte notable de nuestra juventud; a pesar de la crisis dolorosa del matrimonio y de la familia; a pesar de las dificultades que el laicismo militante nos pueda crear en un futuro inmediato; a pesar del dolor y la impotencia que sentimos para salir al paso del sufrimiento y la pobreza de tantos hermanos nuestros excluidos de la sociedad del bienestar, para el sacerdote amigo de Jesús también éste es un tiempo de gracia, de poner la mano en el arado con decisión y sin titubeos, de remar mar adentro y de echar las redes en el nombre del Señor.
En estas circunstancias no fáciles, la amistad con Jesús rompe la mediocridad y la parálisis. En esta hora sólo la comunión con Jesús arranca de nuestros corazones la cobardía, la tibieza y el aburguesamiento espiritual, genera audacia y coraje evangelizador y en ella nos concede el Señor, por medio de su Espíritu, entrañas de misericordia para servir a los pobres, vendar los corazones destrozados, librar a los cautivos de tantas cadenas y devolver la esperanza a quienes carecen de motivos para seguir esperando (Is 61,1; Luc 4,16-18). En esta hora, sólo los sacerdotes amigos de Jesús pueden decir con el autor de la carta a los Hebreos: “Nosotros no somos cobardes, no somos de los que retroceden y terminan sucumbiendo” (Heb 10,39).
Queridos hermanos sacerdotes: escuchemos lo que el Señor nos dice en la larga sobremesa del Jueves Santo: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (Jn 15,14). La fidelidad es la prueba de la amistad. Por ello, dentro de unos momentos, delante del Pueblo que el Señor nos ha confiado vamos a renovar nuestras promesas sacerdotales. Porque somos los amigos de Jesús, renovamos en esta mañana nuestro compromiso de vivir con integridad y delicadeza el celibato apostólico por el Reino de los cielos, a pesar del ambiente erotizado que ensalza y banaliza la sexualidad sin reglas morales, un sinsentido para algunos, un imposible para otros, algo posible, sin embargo, con la ayuda de Dios, para quien está enamorado de Jesucristo y de su hermosísima misión en la Iglesia. Porque somos los amigos de Jesús, prometemos vivir con austeridad y modestia, algo no fácil cuando nos rodean tantos reclamos hedonistas, pero que nosotros vivimos como signo de nuestro amor solidario a los pobres, sin sucumbir ante los ídolos del dinero y de los bienes materiales, en esta civilización de la abundancia, que genera la miseria del Tercer Mundo.
Porque somos los amigos del Señor, renovamos nuestra renuncia a ser señores de nuestra propia vida para ponerla al servicio de los fieles, obedeciendo a la Iglesia tanto en el plano doctrinal como disciplinar, especialmente en la administración de los sacramentos de la Eucaristía y del perdón; obedeciendo también al Obispo, aunque esto parezca incomprensible a los ojos de un mundo esencialmente individualista, en el que prevalece el afán por la realización personal. Porque somos los amigos de Jesús, renovamos nuestro compromiso de orar siempre sin desfallecer como una exigencia de nuestra amistad con el Señor, cultivando con especial asiduidad la oración apostólica. Porque somos los amigos de Jesús renovamos nuestro compromiso de amar gratuitamente, con entrañas de madre y corazón de padre, a nuestros fieles, particularmente a los pobres y a los que sufren.
En esta mañana renovamos también nuestra fraternidad cordial y sin fisuras, aunque nuestras sensibilidades y acentos sean distintos, porque nos une el fundamento último de la comunión, el Señor al que todos amamos y servimos en su Iglesia. No consintamos que nada ni nadie rompa la unidad de nuestro presbiterio, la preocupación de unos por otros, la inserción y la ayuda mutua en la vida fraterna, la búsqueda discreta de los que se aíslan, el acompañamiento cálido de los más débiles, de los que dudan, de los que yacen al borde del camino, como consecuencia del desánimo o del sufrimiento en el alma o en el cuerpo. En esta mañana tenemos muy presentes en la oración y el afecto a los sacerdotes enfermos y ancianos, al mismo tiempo que encomendamos a la misericordia de Dios a los sacerdotes fallecidos. En esta mañana se unen a nosotros por los lazos invisibles de la comunión de los Santos los hermanos misioneros diocesanos, a los que también recordamos con afecto fraterno.
Las ánforas rebosantes de aceite, que vamos a consagrar, tienen como destinatario al Pueblo santo de Dios al que servimos. Contienen el aceite para los enfermos y los catecúmenos y el crisma para los nuevos cristianos, para los confirmandos y para los diáconos y sacerdotes que tendré la dicha de ordenar. A toda la rosa de los vientos de la geografía de nuestra Arquidiócesis llegará el óleo santo para curar, liberar, sanar y santificar a nuestros hermanos. Vivan para ellos, desvívanse por ellos, entréguense con pasión a su servicio, anuncien sin desmayo a Jesucristo, el único salvador y redentor, la única vía que garantiza la auténtica libertad, la comunión y la felicidad.
Sabemos que somos ungidos: lo sabemos más todavía si con humildad miramos a Jesús y nos dejamos mirar por los ojos sabios de nuestro pueblo. Esos ojos solícitos de nuestro pueblo fiel que no permiten que nuestra conciencia se aísle en ninguna forma sectaria de auto-unción elitista o eticista sin bondad. Esos ojos agradecidos de nuestro pueblo fiel que nos premian con su reconocimiento cada vez que lo servimos con cariño y generosidad y no permiten que pongamos nuestra mirada en ningún escalafón ni en veleidad mundana. Esos ojos sufridos de nuestro pueblo fiel que nos alientan al trabajo, a una vida de laboriosidad, y alimentan nuestro fervor apostólico rescatándonos de toda pereza burguesa, ese “aceite malo” que unge en la parálisis del narcisismo y la comodidad. Esos ojos pacientes de nuestro pueblo fiel que tantas veces nos suplican lo ayudemos a curar sus divisiones, ésas que destruyen amistades y familias, y –en ese pedido de unidad- nos hacen sentir que también son fruto del “aceite malo” los desgarros entre nosotros, el espíritu quejumbroso, la murmuración y las críticas que desfraternizan. Esos ojos piadosos de nuestro pueblo fiel que miran y adoran a Jesús Sacramentado, que contemplan la imagen de la Virgen como refugiándose en su maternidad protectora, esos ojos piadosos nos están suplicando que nuestro corazón sacerdotal sea orante y adorador. Es que cuando nos dejamos ungir por la mirada de nuestro pueblo y nos ponemos a ungirlo con dedicación, revive la primera unción sacerdotal que hemos recibido por la imposición de las manos y participamos de la belleza de ese óleo de alegría con que fue ungido el Hijo predilecto: “Te ungió, ¡oh Dios!, tu Dios con óleo de alegría con preferencia a tus compañeros” (Hb 1, 9). Esta alegría nos resguarda de la mundanidad espiritual, nos protege de todo encandilamiento falso y de cualquier gozo pasajero que nos aleja de los gozos humildes y sobrios de quienes tienen corazón de pobre.
Me dirijo ahora a los laicos y consagrados que nos acompañan con un ruego muy sentido: pidan al Señor la santidad para nuestros sacerdotes. Pidan que nuestra vida sea una transparencia del Señor a quien representamos ante ustedes, el pueblo de Dios al que tenemos la misión y el gozo de servir. Recen también por la perseverancia de nuestros seminaristas. “Rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Les pido una vez más, queridos hermanos sacerdotes, que se empeñen con todas sus fuerzas en la pastoral de las vocaciones. Que miren como algo propio y muy querido a nuestros Seminario. Que todos procuremos que nuestra vida sea el primer reclamo vocacional, un reclamo bello y atractivo para nuestros jóvenes, que tienen derecho a encontrarse con Cristo al encontrarse con nosotros. Quiero recordar una frase hermosa del Papa Juan Pablo II dirigida a los sacerdotes, él decía que: “No faltarán vocaciones si se eleva el nivel de la vida sacerdotal, si somos más santos, más alegres, más apasionados en el ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote “conquistado” por Cristo (Fil 3,12) “conquista” más fácilmente a otros para que se decidan a compartir la misma aventura”.
Los encomiendo a todos a la protección maternal de Santa María, la buena madre de los sacerdotes, que cuidó con solicitud de Jesús, el sumo y eterno sacerdote, y que ahora cuida con la misma solicitud de los hermanos de su Hijo. Ella es la madre, tesorera y guardiana de nuestro sacerdocio. Que ella proteja a nuestros laicos, a nuestros consagrados y seminaristas. Que ella guarde a los sacerdotes, al Obispo Auxiliar y al Arzobispo. Que ella apoye y acompañe nuestro ministerio y custodie con su amor nuestra fidelidad. Así sea.