Reflexión

Cristo muere en Honduras

Cristo muere en Honduras
Juan Ángel López Padilla, Sacerdote
Después de los años que tengo de sacerdocio me doy cuenta que, año con año, la dificultad de predicar en estos días santos, aumenta.

Por honestidad y rigurosidad no es justo caer en la repetición de lo dicho en años anteriores porque entonces seríamos “profesionales” del Misterio, pero no testigos, y eso, se nota.
Es un poco más fácil predicar hasta el Viernes Santo porque en nuestro patio las cruces parecen multiplicarse. El calvario es fácilmente localizable: en un hospital del Estado, en las callejuelas de los barrios más pobres, en los hacinamientos de las cuarterías, en el rostro de los que mueren de hambre, en las mujeres maltratadas o violadas, en los jóvenes cuya mirada vidriosa y drogada sólo es indicio de una vida pérdida antes de tiempo.
Cristo, en el siglo XXI, se encarnaría en Honduras y su Belén sería un pueblito de mala muerte nuestro, donde no le abrirían nunca la puerta a sus padres por miedo a que sean delincuentes los que piden albergue. Cristo predicaría en Honduras y denunciaría, una y mil veces, a las autoridades que se rasgan los vestidos hablando de lucha contra la pobreza cuando son su principal causa. Cristo moriría condenado por haber señalado a los corruptos que crean, una y mil leyes, para seguirse cobijando con la sábana de la impunidad, porque siendo una “raza de víboras”, sólo saben destilar veneno desde sus curules donde defienden lo indefendible y se pavonean hablando de luchas que, nunca han avalado, ni avalarán.
Cristo moriría por nuestra indiferencia, porque mientras no sea a nosotros que nos afecten las decisiones de los profesionales de violar la ley; mientras se pueda preservar nuestra zona de confort, nos lamentaríamos de que muriese aquel inocente, pero… “así es la vida” y “uno ¿qué puede hacer?”.
Cristo moriría porque muchos se lavan las manos teñidas de sangre por la cobardía de decir la verdad a un pueblo que: mientras lo engatusen con una ideología caduca que identifica a los culpables de nuestra situación, desde los españoles que nos conquistaron hasta los ricos que, por el hecho de serlo, son enemigos; un pueblo comprado por alguna bolsita de dos o tres cositas para subsistir y al que le dan pescado, seco porque es Semana Santa, pero no le enseñan a pescar porque no hay maestros, y porque es más rentable seguirles haciendo creer que estamos cambiando. Pero ojalá les quede chance de ver las patrullas nuevas con radares que marcan la velocidad pero no saben detectar al que rápido esquilmó al fisco.
Cristo moriría condenado, porque no habría amparo ante ninguna sala de las cortes de este país, porque no es rentable proteger al que no puede pagar.
Pero, con todo, lo único que pido es que, Cristo, resucite en Honduras, que su Luz venza las tinieblas que nos envuelven y nos recuerde que por muy difícil que parezca, al final siempre vence la verdad.

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