Homilia

“Igual que la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre” (Jn.3,14-21)

Homilía para el Cuarto Domingo de Cuaresma 11 de Marzo de 2018

“Igual que la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre” (Jn.3,14-21)
Estas son las palabras de Jesús a Nicodemo en un encuentro personal a altas horas de una noche.

Jesús se aplica a sí mismo el símbolo de la serpiente, basado en la “leyenda” del Éxodo que cuenta que los israelitas en el desierto eran acosados por una plaga de serpientes venenosas, que mordían y hacían morir a muchos… entonces, Moisés, por indicación de Dios, fabrica una serpiente de bronce y la coloca en un poste a la vista de todos y les dice que el que sea mordido, que mire con fe a la serpiente de bronce y quedará curado…
Jesús retoma esta “leyenda” y se la aplica a sí mismo, diciéndole a Nicodemo: “lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre,” ¿Qué significan estas palabras de Jesús? Significan que Jesús, elevado en la cruz, es esa “serpiente”; es decir, Jesús, es la Presencia salvadora de Dios para todo el mundo. Todo el que se adhiera a El, aceptando su Amor, obtendrá la Vida definitiva…Necesitamos levantar nuestra mirada a Jesús clavado en el madero de la Cruz, como expresión del Amor misericordioso de Dios al mundo.
Este “Hijo del Hombre está elevado” para que el mundo entero pueda verlo. En El, levantado en alto, Dios ofrece el Amor, la Vida y la Esperanza al mundo entero. Sí, Cristo es el Hombre levantado en alto para que así puedan verlo todos y puedan comprobar que Dios es Amor. Por eso, en el Evangelio de hoy, se nos invita a “alzar nuestra mirada”, no a la serpiente de bronce, sino al mismo Jesús Crucificado y Resucitado, que ofrece la Vida plena para todos. Alzando nuestra mirada al rostro del Crucificado podemos percibir todo el amor y la ternura de Dios hacia nosotros.
Pero, ¿somos conscientes hoy de que el veneno de las serpientes, no se ha terminado? Andamos mordidos por muchas serpientes, como los israelitas en el desierto: mordidos por la serpiente de la ambición de poder y mordidos también por la serpiente del ansia de ganar dinero, mordidos por la serpiente del neoliberalismo económico que genera tanta violencia, competitividad, injusticias. Y también mordidos por la serpiente de un terrible vacío existencial y de la pérdida del sentido de la vida.
Podemos preguntarnos cada uno, ¿cuáles son hoy las serpientes que muerden y envenenan mi vida?
“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su único Hijo para que no perezca ninguno de los que creen en El, sino que tengan Vida Eterna”. Aquí radica el corazón de la fe cristiana, la Buena Noticia, la alegría del Evangelio. Dios no dice “basta”, nos entrega a su Hijo, expresión máxima de su amor, nos da todo lo que tiene. No se reserva nada. Este “tanto amó Dios al mundo” es el corazón del Evangelio y de toda la Revelación cristiana. Dios ama este mundo con sus contradicciones, su confusión y sus heridas, porque Dios solo puede amar.
“Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”. A veces, olvidamos que el designio del amor de Dios es la vida para todo ser humano. Estas son las palabras más hermosas del Evangelio. Necesitamos poder acoger este amor de Dios que tiene su punto culminante en Jesús. Frente a nuestros rechazos e infidelidades, Dios no retira ni siquiera atenúa su amor. Es la locura suprema del amor sin límites. Nuestro mundo tiene necesidad de ser salvado por este amor. Ese amor infinito de Dios nos libera del pesimismo, de la angustia, del sin sentido y renueva nuestra confianza.
“Que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz”. La oscuridad nos inquieta, la luz en cambio, nos da seguridad. En la oscuridad no sabemos dónde estamos. En la luz podemos encontrar un camino. Quien acepta a Jesús, el Señor, y deja espacio a un amor que le trasciende, encuentra lo que nadie consigue darse a sí mismo: Una Vida en plenitud.
“Todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras”. ¿Por qué rechazamos la luz? ¿Por qué tanta corrupción escondida? ¿Por qué tanta oscuridad en las gestiones públicas? ¿Por qué tanta falsa apariencia? Esta lucha entre luz y tinieblas se da también en el interior de cada persona. Que desde nuestro interior podamos comprender que somos amados y que podemos vivir en la verdad.
Que ante el inmenso amor que se nos revela en Jesús levantado en la cruz, dejemos nuestros miedos y nuestras lamentaciones y que nos volvamos hacia El para pedirle que nos cure de las serpientes que nos acosan y envenenan nuestra vida.
Nuestra oración hoy puede ser: Señor Jesús muerto y resucitado, Tú comprendes nuestras fragilidades y nuestras heridas, hoy ponemos nuestra mirada en Ti, que eres la Fuente de todo amor y de toda esperanza.