Buenas Nuevas

“Resplandecientes, blanquísimos…”

“Resplandecientes, blanquísimos…”
Tony Salinas Avery
Sacerdote
Con el Evangelio de este domingo, nos centramos en la experiencia del creyente Abrahán por una parte y la de Jesús por otra, que deben descubrir a través del camino tortuoso del silencio de Dios, el cumplimiento de la promesa de una salvación total. Ambos relatos tienen como fondo espacial un monte, el Moria para Abrahán y según la tradición El Tabor para Jesús.
En el monte Moria, la prueba de la fe llega a su nivel más puro y más potente. Como hijo Isaac debe morir para que Abrahán renuncie incluso a su paternidad y se apoye sólo, en el creer, sobre la palabra de Dios. Por esto la palabra de Dios le hace comprender la posibilidad de la destrucción de su paternidad. Y así, después de la prueba, Abrahán recibe a Isaac no ya como hijo de su carne sino como hijo de la promesa divina. En el monte Tabor, Jesús es ese otro Hijo, que debe también morir, porque ya no se trata de una promesa en esperanza, Él es la promesa que se debe cumplir. Y, cómo tal sube al monte y oye la declaración del Padre: “Este es mi Hijo predilecto”. Es la entronización solemne de Cristo, cuya persona es envuelta en la luz de la gloria divina.
El lenguaje de Marcos afirma que estaba “resplandeciente y blanquísimo”, tanto que “ningún batanero podría hacerla más blanca”. Jesús con la transfiguración comprende una vez más, que Él es el “Mesías” esperado, anunciado por la Ley y los profetas, allí en presencia de Moisés y Elías.
Dios, su Padre, le consuela con el breve momento de gloria, para que ante lo que le espera, ese destino fatal de cruz, no dude, ni le debe cabida al miedo, que cómo humano podría experimentar al acercarse la hora de la pasión. La promesa que es Él debe seguir el camino que pasa por el horror del dolor, para llegar a la gloria de la total consolación.