Homilia

“Este es mi Hijo amado, escúchenlo” (Mc. 9, 1-14)

Homilía del Domingo 25 de Febrero de 2018

“Este es mi Hijo amado, escúchenlo” (Mc. 9, 1-14)
Estas palabras nos tocan hoy de manera especial al contemplar el misterio de la Transfiguración del Señor. En esta experiencia lo que resplandece es el amor y el gozo del Padre, en un momento de crisis de Jesús y de sus discípulos… Ciertamente, los discípulos vivían momentos difíciles.

Jesús les había advertido que les esperaba la experiencia humillante de la cruz.
Comienza diciendo: “que Jesús se llevó a Pedro a Santiago y a Juan a un monte alto”. Es decir, Jesús elige a los tres discípulos más representativos y que mayor resistencia oponen a su mensaje para mostrarles el estado final del ser humano. El monte alto” significa el lugar del encuentro con Dios, el lugar de la transformación humana. Todo acontece en “un monte alto”, espacio simbólico de la experiencia de la Trascendencia. La montaña no está fuera sino dentro de nosotros. Es un lugar interior donde necesitamos encontrarnos vitalmente con Dios.
Dice el texto que, “se transfiguró delante de ellos y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador”. Por un instante, los discípulos contemplan la maravilla del rostro de Jesús que transparenta el resplandor de la Vida. La Transfiguración es el momento intenso en que Jesús aparece envuelto en el amor del Padre. La Transfiguración es a lo que está llamada toda la humanidad: la plenitud de la vida; todos estamos llamados a participar en el misterio de la Transfiguración, a ser transfigurados, a llegar a una plenitud de vida… El estadio último de la vida humana no es la nada, sino la Transfiguración, la vida plena…Necesitamos subir a la montaña y orar como Jesús.
“El color blanco deslumbrador”. ¿Qué significa ese color blanco deslumbrador? Es el color de la gloria y de la vida, es decir, Jesús se manifiesta en su condición de Hombre en plenitud… Es el rayo de luz en la oscuridad; es la certeza de que, por muy intensa que sea la tiniebla de la vida y la oscuridad de la noche, el corazón de la vida está lleno de luz. Toda la humanidad está llamada a esa transfiguración. Jesús quiere dejar claro que el final de todo es el triunfo de la vida, eso significa la Transfiguración de Jesús ¡Cómo necesitamos también nosotros esta experiencia de luz y de gozo! Tal vez, nos podríamos preguntar ¿Qué transfiguración estamos aportando en nuestro entorno? ¿Qué luz irradiamos con nuestra vida con nuestra manera de vivir? ¿Creemos que Él puede transfigurar todo en nosotros incluso nuestras sombras?
La reacción de Pedro es decirle a Jesús:” Maestro, qué bueno es que estemos aquí”. Esta reacción de Pedro demuestra que no se ha enterado de nada, Pedro continúa encerrado en sus antiguas creencias, por eso propone hacer tres chozas… A nosotros nos pasa también como a Pedro, queremos instalarnos y necesitamos bajar de la “montaña” pero transfigurados. Sí, bajar de la montaña a la vida ordinaria y seguir a Jesús en su camino de fidelidad hasta el final. El riesgo de Pedro y el nuestro es quedarnos en la gloria del Tabor sin bajar al valle de los que sufren en nuestro mundo.
Después dice que: “se formó una nube que los cubrió y salió una voz desde la nube: Este es mi Hijo amado, escúchenlo”. La voz revela quién es Jesús: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”. Como si le dijera: Tú eres mi Hijo amado; aunque tengas que sufrir, yo te amo, aunque tengas que morir, yo estoy contigo. Por un momento se descorre el velo y puede verse a Jesús aparece como el Hijo querido (único) de Dios.
Sí, en esta experiencia, el Padre confirma a Jesús. ¡Lo que ha realizado es lo que el Padre quiere! El Padre lo reconoce como el Hijo amado y avala el camino que sigue y enseña. Lo pone como referencia de vida: “Escúchenlo”. Sólo a Él tenemos que escuchar. Hace falta hacer la experiencia de escuchar a Jesús. Él es la verdad que libera. En esa escucha profunda nuestra vida comienza a iluminarse con una luz nueva. Una relación viva con Él transforma nuestra vida. Escuchándole a Él, encontramos sentido a nuestra vida y a nuestra muerte.
También, las palabras dichas desde la nube, manifiestan la identidad de Jesús: Jesús es el Hijo amado, pero todo ser humano es también hijo amado ¿Somos conscientes de que la verdad última que se nos revela en Jesús es que cada uno somos hijos amados? Mientras que no oigamos dentro esta voz interior que nos asegura que somos, como Jesús, el hijo amado, no podemos vivir con sentido. Mientras no hagamos la experiencia profunda de sentirnos verdaderamente amados permaneceremos en una inseguridad constante. Esta experiencia es la auténtica verdad que da consistencia y solidez a nuestra vida.
Dios nos ofrece a todos, en algunas situaciones, momentos de plenitud en que nos sentimos en un mar de dicha y con tanta claridad que nuestros problemas y angustias parecen desaparecer del horizonte de nuestra vida. Dios nos ofrece la experiencia de la “montaña alta” para avivar nuestra esperanza, para encendernos en el amor y para que podamos confortar a otros. Necesitamos, en estos días de Cuaresma, subir a la “montaña alta”, permanecer allí y bajar con un nuevo impulso a la tarea de nuestra vida diaria.
Hoy podemos decirle: Tú, Cristo, has mostrado tu rostro radiante, lleno de luz a tus discípulos, abre para nosotros el camino de la vida, queremos confiar en ti… nuestro camino es, a veces, demasiado oscuro… No podemos recorrerlo solos, pero contigo desaparece el miedo y brilla la esperanza.