Reflexión

¿Transfigurados o desfigurados?

¿Transfigurados o desfigurados?
Juan Ángel López Padilla
Sacerdote
Desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia, vamos, porque tenemos historia, la preocupación por la formación de sus miembros, sobre todo la de aquellos que querían recibir los sacramentos, ha sido de sus mayores prioridades.La institución del Catecumenado, que sirvió de punta de lanza para la catequesis como medio para consolidar el anuncio del Evangelio recibido y para formar las comunidades cristianas, se sirvió de algunos textos de la Sagrada Escritura para subrayar el sentido de la fe. Esto ocurrió con los textos propuestos para los domingos de Cuaresma, que constituían la última catequesis para los que se preparaban al bautismo en la Vigilia Pascual.
Es así como, el primer domingo de Cuaresma se escucha el relato de las Tentaciones en el Desierto y el segundo domingo el de la Transfiguración. Este último relato, tan cargado de elementos que manifiestan realidades que sólo pueden ser plenamente interpretadas desde la fe en el Resucitado, obligan a los que nos encaminamos a la celebración de la Pascua, a poner nuestros ojos en la meta pero sin olvidar el mundo en que nos desenvolvemos porque eso de subir “a un monte alto”, mejor dicho, “cuesta arriba”, es algo que experimentamos sobre todo en una sociedad como la nuestra en la que es más fácil descubrir tantos rostros desfigurados por la miseria, la marginación, la enfermedad, las drogas, la corrupción y la impunidad. Si la fuerza del amor es lo que transfigura a cualquier persona, no cabe duda que el pecado, tanto personal como social, es lo que desfigura.
Cada vez que se atenta contra la dignidad humana, contra los derechos fundamentales de cada persona, estamos ante el escenario de una desfiguración que, aunque aparentemente afecte sólo a unos, realmente nos afecta a todos. Una sociedad que calla ante las injusticias, es cómplice, es cobardemente aliada de aquellos que, aunque se llenen del poder que da el dinero o la política, son los más desfigurados que existen. Nada desfigura más a una persona que su indiferencia frente al mal ajeno, o peor aún, quién lo causa.
Las ideologizaciones, el afán desmedido de poder, la esclavitud del dinero, la religión como vía de enriquecimiento, como adormecedor y la búsqueda de placeres que sólo vacían el alma, son los grandes desfiguradores de nuestra sociedad.
Es por eso que necesitamos dejarnos transfigurar por el amor de Dios. Sorprende ver que en estos días pareciera como que la inmensa mayoría “camina”, con las uñas de fuera. El inmenso riesgo que corremos es creer que lo desfigurado y los desfiguradores tendrán la última palabra.
Dudaron los apóstoles al ver a su Señor transfigurado y es muy posible que a nosotros nos pase algo similar porque vemos tantos rostros apagados, desesperados y frustrados. La Pascua no se alcanza sin la cruz, pero la cruz con el crucificado, porque sin Él, no hay transfiguración posible.