Reflexión

¿Enamorados de quién?

¿Enamorados de quién?
Juan Ángel López Padilla
Sacerdote
Cada cierto tiempo, ocurre una situación como la que tendremos este próximo miércoles, en la que coinciden una de esas celebraciones, que no tienen nada que ver con la fe con una que es, increíblemente significativa, para nuestro crecimiento espiritual.

El día de los enamorados es el producto de una industria que idealiza unos elementos que venden bien, pero que muchas veces dejan por fuera el valor que implican. El amor, como tal, se ha banalizado al punto de quedar reducido a un montón de corazoncitos y alguna que otra golosina, cuando no a comportamientos que no reflejan relaciones maduras sino, incluso, que rayan en el desenfreno de pasiones que mal manejadas generan terribles consecuencias.
El Miércoles de Ceniza, “cayendo” el 14 de febrero nos obligará a todos a decidir qué vamos a subrayar. No hay nada malo, objetivamente hablando, en valorar y agradecer nuestras amistades; como tampoco tiene nada de malo dedicar gestos de cariño entre las parejas de novios o entre los matrimonios. Lo malo, si lo quieren así, es creer que este tipo de prácticas pueden estar por encima o de alguna manera reñir con el comenzar bien, nuestro tiempo de Cuaresma.
Sin duda que nos viene bien a todos, este tiempo de conversión, este tiempo de retiro espiritual cuaresmal, porque seguir caminando sin recordar hacia donde nos dirigimos, o mejor aún, hacia dónde debemos dirigirnos, nunca es sano. La Cuaresma es eso y mucho más. Es tiempo para entender quién es nuestro verdadero amigo porque “no hay amor más grande que el de Aquel que da la vida por sus amigos” (Jn. 15, 13). Por eso, creo que es providencial esto de que coincidan ambas “celebraciones”. Será una digna oportunidad para centrarnos sobre lo importante y con ello analizar, a la luz de la Palabra de Dios, nuestra comprensión sobre lo que es el verdadero amor.
Siempre que me toca hablar de esto me viene a la mente aquel canto, tengo que admitirlo, que fue el primero del que tengo memoria haber escuchado en misa: Amar es entregarse, olvidándose de sí.
En ningún momento se nos habla de cosas por regalar, sino de entregas de vida que realizar. Amar es eso: es darse, centrándose en el otro, buscando lo que al otro puede hacerle feliz.
Pero sobre todo, entender que la vida no tiene sentido sin amar. Las cenizas sobre nuestras cabezas son signo de nuestra fragilidad, sin duda, de la necesidad de enmendar nuestra vida, pero más allá de pensar en lo negativo, en lo que debemos esforzarnos, no podemos perder de vista el porqué lo hacemos. De nada sirve una Cuaresma bien vivida sin una Pascua como meta. Es eso lo que nuestra Cuaresma debería ser, de tal forma que cada día que pasa lleguemos a comprender que si nos entregamos no habrá ningún egoísmo que no podamos superar.