Caminar

Caminar en la fe

Caminar en la fe
José Nelson Durón V.
Columnista
La democracia tiene raíces en la misma palabra de Dios, desde que los hombres se preguntan: ¿Somos iguales por naturaleza o no? y su respuesta en Génesis 1,27 es que todo ser humano, varón y mujer, es creado a imagen de Dios, con una dignidad que lo distingue del resto de la Creación.

Somos iguales porque somos hijos de un mismo Padre: “Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo.” (Mt 23,9). El poder, sin embargo, siempre toca sus bemoles (bemol: alteración de una nota) y, sustentado en el hombre, conserva categorías humanas en su aplicación.
Si conservásemos el origen y fuente, viviríamos el esplendor de la democracia, pero, ya en Israel en la época de los Jueces “cuando moría el juez, volvían a corromperse más todavía que sus padres” (Jue 2,19). Veámoslo localmente: si cada uno de nuestros votantes ejerciese libre y deliberadamente su voluntad, tendríamos gobiernos legítimos electos por el pueblo y si todos nuestros funcionarios fuesen seleccionados en conformidad, no estaríamos escribiendo.
Llegamos al meollo de esta columna: caminar en la fe levanta interrogantes y respuestas que te asombran, si eres un alma que ama la profundidad; un alma descubridora, pionera, que gusta de la aventura de lanzarse al vacío en la loca zambullida en busca de sí mismo; que te empuja a abrir las cartas de otros, en lenguajes desconocidos, para tratar de entender motivaciones y hechos. Para reír interiormente y tener la ridícula pretensión de comprenderlas y, aún, de entenderte; aunque sea a medias, como se entiende la fe: de a pocos, paso a paso y a trompicones. Está tan llena de evocaciones el alma sincera, que todos los días deberían ser Miércoles de Ceniza y recordar que el hombre “Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero: a estas profundidades retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino” (Gaudium et Spes, 14).