Reflexión

Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga

Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga
Juan Ángel López Padilla
Sacerdote
Tengo que comenzar por admitir que mi primera relación directa, con el entonces recientemente consagrado obispo auxiliar de Tegucigalpa, fue muy particular.

Sus co-hermanos salesianos, le pidieron que presidiera la santa misa, el año en que, por pura gracia de Dios, me tocaba a mi recibir por primera vez el Cuerpo de mi Señor. A mí me llamó la atención aquel señor tan alto, pero lo que marcó mi vida para siempre, fue lo que dijo en su homilía: nos retó, a esa edad, yo tenía 7 años, a pensar en el sacerdocio. Creo que algo se activó en mi corazón ese día porque aquí estamos, metidos en este “negocio”.
La segunda ocasión en la que directamente tenía que ver algo con “monse”, como cariñosamente le llamaban en los círculos del colegio, fue de una profunda decepción. Resulta que aquel señor alto, que ya al menos se me había “empequeñecido un poco”, por el estirón adolescente, estaba llamado a conferirnos el sacramento de la Confirmación, pero sus compromisos en Colombia, donde hacía unos pocos meses había sido nombrado Presidente del Departamento de Vida Consagrada del CELAM, se lo impidió. Nos tocó, a mis compañeros y a mí resignarnos. De ahí en adelante, le seguí más de cerca la pista al obispo hondureño que nos llenaba de tanto orgullo a todos.
Incluso siendo Secretario General del CELAM, tuvo el tiempo para llegar al Seminario, justo el año que yo ingresé a él, para darnos una semana de formación intensiva sobre la Teología de la Liberación. Ahí por primera vez tuve la gracia de platicar con él. De esos encuentros escribiré dentro de muchos años.
En fin, aquel señor alto, se fue convirtiendo con el paso de los años no sólo en mi maestro, en mi mentor, en mi modelo, sino y, sobre todo, en mi padre. Sin detrimento de don “Moisa”, aunque con toda certeza mi papá no tendría problema en regalarme.
Recién ha cumplido este señor al que ya no mido por su estatura física sino por su ascendiente moral y espiritual, los 75 años de edad. Aunque él diga que ya el disco duro está muy duro, cuanto daría yo por tener la capacidad, la memoria y sobre todo el corazón del obispo que me ordenó diácono y sacerdote.
En las últimas semanas me ha demostrado, una vez más, de lo que está hecho. Con tanto ataque no sólo injusto y criminal sino sobre todo diabólico, y él manteniéndose con la serenidad de quién sabe que “el que nada debe, nada teme”, con la certeza de que “a un árbol que no da frutos nadie le tira piedras”.
Jamás he adulado al cardenal. No se merece tal tipo de desprecio y aunque estás letras no digan todo, Dios sabe mejor que nadie, lo que Honduras le debe, lo que la Iglesia le debe y lo que este humilde hijo suyo, le debe. Gracias Eminencia y feliz cumpleaños.