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Dios quiso ser niño

Dios quiso ser niño
José Nelson Durón V.
Columnista
Dios es el origen sin origen; es la fuente prístina y pura de la belleza, del amor, perfección, sapiencia y gozo inesperado; santidad y felicidad puras. Yo Soy, afirmó. Yahvé, contestó firmemente a Moisés en el Horeb, la Montaña de Dios. Diles a todos que has estado ante el Misterio del fuego no consumible; que el Eterno quiso grabar a fuego y ardor en tu alma su grandeza y enseñarte cuán sagrado debe ser para los hombres lo divino y sus enviados. Dios es fuente pura y prístina, es efusión eterna, y el amor es su esencia perfecta. Es donante interminable, es enviante puro. Por ello vinieron los profetas, los ángeles de la guarda, los sacerdotes y la Iglesia, sacramento universal de salvación. Sobre una roca inconmovible asentó su Iglesia y en el vientre virginal de la joven María engendró a su enviado, el Niño Jesús. Firmeza y suavidad. Fe, esperanza y amor. Mundo y cielo; materialidad y espiritualidad.
Este es tiempo propicio para meditar el misterio de la Santísima Trinidad y escudriñar entre sus pocas luces para buscar respuestas a cuestiones nunca suficientemente aclaradas. En Adviento y Navidad la Iglesia nos presenta tan inefable misterio. Algunas respuestas, infundadas, pero por ello convincentes y solo en este caso justificadas, deberán nacer. La oración sacerdotal (Jn 17) es buen instrumento para hacerlo. Dios Padre es revelado como donador, el santísimo Espíritu de Dios es el don y el Niño Dios el donado. Dios quiso ser Hombre para ser Niño.
Quiso ser emanación sencilla y pura de amor, virginidad y entrega dócil, ícono prístino del Amor.
El Niño es recipiente que se da, que no enajena, que recibe para dar; recibe del Padre la gloria, la honra y el poder, pero en Sus manitas inocentes trae puñaditos de amor, ajenos al egoísmo y al doblez. Amorosamente sus deditos llaman eternamente al amor y a su corazón. Jamás habrá gesto más tierno y dulce que unos pies descalzos, que un alma débil, pobre y necesitada que requiere atención. Niños y pobres, humildes y pródigos, amor preferente de Dios. Jesús es la impronta del Padre, que es el donador y Él el donado. Por eso es el mediador entre Dios y los hombres: recibe y entrega, se da sin medida, Eucaristía eterna de amor.