Reflexión

Con nadie se queda bien

Con nadie se queda bien
Juan Ángel
López Padilla
Sacerdote
E sta semana, después de una madura reflexión y un análisis muy ponderado, los señores obispos dieron a conocer un comunicado en el que planteaban su posición frente a la situación que sólo puede ser calificada de: desgraciada.
En este mismo espacio, y desde hace más de 3 años, he escrito hasta la saciedad que los políticos nos estaban empujando a un abismo de inusitadas consecuencias. En varias ocasiones rogué a Dios que mis aseveraciones fueran erradas. No me hubiera importado, ni dolido, en lo más mínimo, reconocer que me había equivocado.
El comunicado de los obispos, ha sido el tercero en apenas un mes. Como siempre, han llamado a la cordura, han querido poner el dedo sobre la llaga, aunque con eso pierdan popularidad o encuentren una gran oposición, porque si hay una cosa que debemos tener claro los sacerdotes y, por ende, los obispos, es que nunca vamos a quedar bien con nadie.
Si dijeron algo, mal. Si no dijeron nada, mal. Digan lo que digan, siempre habrá quién criticará su proceder. En este mundo tan lleno de teorías de conspiración, de tanta falsedad y de una creciente desconfianza generalizada, su voz muchas veces se pierde en un mar de ruidos y de silencios cómplices.
Demasiada sangre ha corrido, demasiado odio. Estamos siendo testigos es de una especie de suicidio asistido nacional.
Suicidio porque nos estamos matando a nosotros mismos, por la folía de un grupo de personas que son teóricos del caos y de la indiferencia. Su genialidad, su megalomanía y su ansía de protagonismo termina por arrastrarnos a todos, y lo que aparentemente podría ser un movimiento pacífico, reinvindicativo, termina siendo vindicativo y criminal.
Al ritmo que vamos, quede quien quede con la responsabilidad de dirigir los destinos de nuestro país, gobernará sobre un hervidero permanente. Por eso es necesario un nuevo pacto social.
Hace 8 años, tuve una discusión con un feligrés que desapareció con la crisis del 2009, porque me acusó, en privado y en ese momento con respeto, que yo estaba en contra de una nueva constitución. Seguramente se asustó cuando, muy por el contrario le dije, que desde la historia constitucional hondureña aquello era necesario, porque la actual constitución había cumplido su misión y era necesario reformarla. Con lo que nunca estuve, ni estaré de acuerdo, era con el método y las intenciones que se persiguieron en aquel momento para convocar a una Asamblea Nacional Constituyente. Ahora resulta que es probablemente la única manera de encontrar una salida a la presente crisis. Al menos que se consiga encontrar un arbitraje internacional que lo único que alcanzará es demostrar que, como pueblo, somos incapaces de resolver nuestros propios problemas. Ahí lo “asistido” del suicidio.
En fin, aquí con nadie se quedará bien hasta que dejemos de lado ese afán enfermizo de subrayar lo que nos divide, no lo que nos une.