Homilia

Homilía del Domingo 24 de Diciembre de 2017

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria (“Jn 1,18”)
Esta es la afirmación fundamental del Evangelio de este día en el que seguimos celebrando el Nacimiento de Jesús que no es un simple hecho histórico, sino que es mucho más. Él viene a nuestro encuentro y nos recibe a todos, acepta nuestra condición humana, frágil y limitada.
“En el principio ya existía el Verbo”. El término griego, (logos), significa mucho más que Palabra… “Logos” es más bien “sentido”, que se expresa en la Palabra… Habría que traducir mejor que “en el principio estaba sentido;” el sentido de todo… Esa realidad última que llamamos Dios…. En el principio existía el amor, Alguien, que sustenta todo y da sentido a todo. En el principio no existía la nada. De la nada, nunca nace nada. En el principio existía Alguien, existía el misterio, el amor… Este amor está en el origen de todo. De este amor ha surgido el gran designio del Padre: la vida.
En Navidad celebramos la vida de Dios en nosotros, en cada uno de los que estamos aquí reunidos. ¿Somos conscientes de que estamos sumergidos en un océano inmenso de amor que nos sobrepasa y nos rodea por todas partes?
“El Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre”. Él, Cristo, es luz interior que alumbra nuestra oscuridad, que alumbra nuestro corazón, con la claridad de su amor. Esa Luz es más fuerte que nuestras tinieblas. Y “vino a su casa y los suyos no la recibieron”. No es una metáfora piadosa decir hoy que Dios “vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron” ¿Qué quieren decir estas palabras? Quieren decir que en todos nosotros está la dramática capacidad de poder rechazar el amor; poder elegir el camino que lleva a la vida o el camino en el que podemos malograr nuestra vida; significa también nuestra propia ceguera en la que podemos confundir la luz con la oscuridad. Dios puede no encontrar casa entre nosotros.
Realmente, Dios no tiene casa en los “campos de refugiados”, en los que sufren el hambre, el odio y la guerra en Oriente Medio, en Libia, en Irak, en los niños de Siria, un país arrasado por la guerra. Tampoco tiene casa en zonas conflictivas de nuestro planeta. No hay sitio para los refugiados, los inmigrantes, los ancianos que viven solos, y los más necesitados de la Tierra. Dios, a veces, tampoco tiene casa en nuestro propio corazón cuando no podemos o no queremos acogerlo. No tiene casa tampoco en los hondureños que están llenos de odio y buscan la violencia. Y Jesús es el gran ausente en la fiesta de la Navidad ¿Dónde está Jesús aquí en esta Navidad?
Por eso, nos preguntamos: ¿Tenemos un espacio para Dios en nuestra vida cuando Él trata de venir a nosotros? ¿Tenemos tiempo y espacio para Él? ¿No es precisamente a Dios mismo al que rechazamos?
El texto dice: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Es llamativo que el evangelista utiliza el término “carne” en vez de “hombre” (carne en griego es Sarx que significa la condición existencial) ¿Qué significa afirmar que La Palabra se hizo carne? Significa que, en Jesús, Dios ha asumido nuestra condición humana frágil, con todas sus debilidades y limitaciones, nuestra vulnerabilidad, tal como hoy la vivimos. Por eso, es la fiesta de la “Encarnación”. La “Navidad” es más dulce, más enternecedora, más suave y azucarada, más nuestra…. suena al árbol, a lucecitas multicolores, a comidas de todos los sabores, a licores, a vacaciones. Muchas veces podemos hablar de una banalización de la Navidad.
Celebrar la Navidad es celebrar el misterio de la en-carnación” es celebrar que Dios se atreve a hacerse carne, a hacerse humanidad, a hacerse historia, a tomar parte en los pecados, las miserias y también en todo lo bueno y bello de los seres humanos. Dios no asumió una humanidad abstracta sino un ser histórico: Jesús de Nazaret: y Jesús conoció la sed, la soledad, la traición, las lágrimas por la muerte de un amigo, la alegría de la amistad, las tentaciones y el horror a la muerte. En Jesús, Dios acoge la fragilidad y la impotencia de nuestra condición humana. Esto es profundamente liberador. ¿Seremos nosotros capaces de aceptarnos también en nuestra fragilidad y percibir que Él nos acepta justamente en nuestra propia fragilidad humana?
Y el Evangelio termina afirmando: “Hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad”. La Vida que se ha manifestado en Jesús se hace presente con esta fuerza de amor, más poderosa que nuestras tinieblas, más poderosa que la muerte y que nuestros infiernos. Nuestro mundo ha sido visitado definitivamente por Dios en el hombre Jesús de Nazaret y, por medio de Él, Dios dice al mundo y al ser humano: Yo te amo. Y ya en nuestras noches se enciende una luz que nunca se apaga. Hoy estamos invitados a abrirnos al Misterio de Dios que ha aparecido en Jesús. Nosotros podemos ver la vida brillar en Él, en esta Fiesta de Navidad.
En este día de Navidad podemos decirle: ¡Ven, Palabra hecha carne! ¡Ven a ser el corazón del mundo renovado por el amor y la misericordia! ¡Ven especialmente allí donde más peligra la suerte de la humanidad! ¡Tú eres “nuestra paz”! (Efe 2,14).