Reflexión

Una tragicomedia estilo Honduras

Una tragicomedia estilo Honduras
Juan Ángel López Padilla
Sacerdote
La definición de una tragicomedia explica bien lo que nos está pasando actualmente: “Obra dramática que contiene elementos propios de la tragedia y de la comedia, como la presencia de personajes de diferentes estamentos sociales y de diversos registros de lenguaje”.
Nadie puede negar que este drama que vivimos tiene una serie de actos que se han ido acumulando a lo largo de los años. El acto más remoto tenemos que colocarlo en la década de los 80. De manera pacífica, aunque no sin consecuencias, la sociedad civil recibió de manos de los militares la responsabilidad de darnos un sentido y carácter de nación moderna. Antes que nuestros vecinos alcanzamos a recorrer esa ruta, pero no estábamos preparados para tanto.La misma década registra como la sociedad “civilona” no pudo quitarse de encima tan fácilmente a los militares. Algunas fueron de cal y otras de arenas movedizas. Si no hubiese sido por la acción ética y madura del General Walter López Reyes, en aquel lejano 1985, lo de la reelección “bendita”, entiendan el entrecomillado por Dios, no sería algo que el expresidente Zelaya o el actual presidente Hernández se inventaron. Las arenas movedizas también las provocaron los militares que aunque supeditados nominalmente al poder civil, con Álvarez Martínez a la cabeza, hicieron de la teoría de la “Seguridad Nacional” la tragedia que enlutó a muchas familias en el país y que nos catalogó como un país de intransigentes, incapaces de respetarnos y escucharnos. Nada nuevo bajo el sol, dice el libro del Qohelet.
Lo cómico de aquel acto había que encontrarlo en las brillantes intervenciones del presidente del momento justificando su proceder y las mil excusas para imponer su candidato. Lo que pasa es que no había “memes” en aquella época, ni Whatsapp, ni Twitter. Hubo actos trágicos y cómicos en los gobiernos siguientes. Sobre todo, con los candidatos a la presidencia de algunos de los partidos contendientes. En Honduras, probablemente mucho más que en otros lugares, el afán por denigrar a las personas tanto por su sexo, como por su origen, además de por lo rebuscado de su lenguaje, sobre todo en los “grandilocuentes actos oratoriales a las amplias demografías que les coreaban”, nos hemos caracterizado por burlarnos de todo, sin darnos cuenta que entre broma y broma, no es que la verdad asoma, sino que lo que aparece es nuestra condición de sociedad endeble, inestable y volátil. No porque así somos, sino porque así nos han orillado a ser.
Del acto del 2009 sería mejor borrar completo el guion y del de este año, sería mejor soñar que es una pesadilla, porque aunque algo de cómico hay en la infinidad de publicaciones en las redes sociales, la verdad es que la tragedia no parece ni asomar a su fin. Los actores son tan malos que se les ha olvidado quiénes pagan las entradas a sus teatros y han llegado a creer que el escenario, lo es todo.