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Alegres y solidarios

Alegres y solidarios
José Nelson Durón V.
Columnista
Después de los desafortunados y recientes acontecimientos, la Palabra de Dios nos dice por medio de san Pablo que no apaguemos el espíritu y no despreciemos el don de profecía, que describe como la capacidad de percibir el bien entre todo lo que apreciamos: “Aprécienlo todo, quedándose con lo bueno”. En efecto, para cortar la rosa pasamos la mano en medio de las espinas; confundida con los actos humanos, la voluntad divina brilla y titila insistente, con la premura del corazón misericordioso de Dios, que cuida de sus hijos. Todo está bien si lo aceptamos con la tersa y suave obediencia del Señor Jesús, para Quien ningún golpe o flagelo pudo arrancar una protesta. Las cosas, hasta la caída de un cabello, suceden por voluntad divina y las personas están en el lugar y momento preciso cuando se cumple aquella voluntad.
No podemos ya continuar anclados en el pasado, incapaces de construir el futuro y miopes ante el presente; ocurridos los hechos, debemos empezar a construir nuestra patria sobre programas y planes fundamentados en la realidad social y en las oportunidades que ofrecen los avances del país en materia macro económica, para atender las largamente desoídas masas pobres que sobreviven en hogares y calles, agarrados de la mano de Dios. La mejor Navidad que puede ofrecerse al pueblo es la paz, la concertación de soluciones y la llamada conjunta al encuentro en torno del pesebre, que instila e inspira apacibilidad y calma.
La Palabra de Dios invita a estar alegres, a entrar en ese estado interior y la armonía con uno mismo y la existencia, que nos cubre de serenidad; a ponernos ante el misterio de nuestro ser que atraviesa las almas con un matiz claramente espiritual, inefable, inalcanzable y fundamental. Dice san Agustín: «No hay nadie que no ame, pero se trata más bien de saber lo que amamos. No estamos llamados a no amar, sino a elegir lo que debemos amar.». He aquí la guía de nuestra conducta: conversar, invitar a y hablar de la paz en todos los hogares, caminos y recodos de nuestro país y, en donde nos corresponda, allanar el camino de Dios, que quiere siempre lo mejor para todos sus hijos.